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La Superación
de la
Dependencia Emocional

Cómo impedir que el amor
se convierta en un suplicio

Jorge Castelló Blasco

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Ediciones Corona Borealis

La Superación de la Dependencia Emocional
© 2012, Jorge Castelló Blasco
© 2012, Ediciones Corona Borealis
Pasaje Esperanto, 1
29007 - Málaga
Tel. 951 100852


ISBN: 9788415465119

Distribución digital:
Lituralia Inc.
 www.lituralia.com

En memoria de mi amigo José Ignacio

Agradecimientos

El principal agradecimiento que quiero realizar es a todos los que son y han sido mis pacientes en los años que llevo ejercien­do mi labor como psicoterapeuta. Son ellos y sólo ellos los que me han enseñado lo que sé, y esto no es ningún tópico, sino una absoluta realidad. Por increíble que esto parezca, la dependencia emocional ha sido y es todavía un campo inexplorado para la ciencia; por lo tanto, desde el principio he tenido que ir analizan­do minuciosamente cada caso para conocer mejor este problema, y afinando mi intuición terapéutica para proporcionar la mejor ayuda posible. Mis pacientes han sido mi fuente de conocimiento, y los que tenga en el futuro espero que efectúen una contribución similar porque es un campo lo suficientemente complejo como para permanecer en una actitud de aprendizaje continuo.

También quiero agradecer a los centenares de personas que me han escrito en todos estos años contándome sus vivencias, sobre todo en el consultorio que atiendo desde hace ya mucho tiempo en internet. Sus experiencias han sido igualmente fundamentales para que detecte denominadores comunes y regularidades en la dependencia emocional, proceso por el que los profesionales in­crementamos nuestro conocimiento de los problemas psicológicos.

Por supuesto, y como hago siempre, quiero agradecer a todos mis seres queridos su apoyo continuo y la confianza inmensa que tienen en todos mis proyectos, con especial mención a mi mujer, a mi hijo y a mi madre. Cada uno, de una generación diferente, es una fuente de gratificación emocional sin la que trabajos como este no serían posibles. En especial, quiero agradecer a mi mujer, Raquel Benedito, que es psicóloga como un servidor, la revisión del texto definitivo y las aportaciones que ha efectuado.

Introducción

Hace ya algunos años que publiqué mi primer libro sobre de­pendencia emocional, llamado “Dependencia emocional: carac­terísticas y tratamiento” (Alianza Editorial, 2005). Este trabajo lo encaminé hacia el mundo profesional, ya que por entonces era el más necesitado de un enfoque riguroso que incluyera una profundización en la clínica y el tratamiento de la dependencia emocional, propuesta por mí como el “trastorno de la personali­dad por necesidades emocionales”. Hasta la fecha, este libro ha tenido una buena acogida tanto por los profesionales como por los no profesionales; no obstante, si ha habido un público que ha tenido mayor interés en esta obra ha sido el público general, es decir, las personas que padecen este problema, al encontrar en ella la respuesta a muchos de sus interrogantes.

Sin embargo, mi trabajo anterior no era un libro divulgativo, sino que estaba plagado de términos técnicos, profundizaciones, delimitaciones conceptuales, etc.; en resumen, que no era lo más indicado para llegar a los interesados en la dependencia emocio­nal, que son las personas que la sufren o su entorno. Además, aunque había un extenso capítulo dedicado a la psicoterapia de este problema, no entraba en profundidad en el tratamiento del mismo y tampoco proporcionaba pautas a los afectados.

Por todo ello, siendo consciente en estos años de los dos in­convenientes que acabo de mencionar, surge la motivación por mi parte de escribir este libro. En primer lugar, en él voy a tener un lenguaje más claro y directo con el fin de hacerme entender mejor, como si estuviera transcribiendo mis explicaciones o in­tervenciones en el transcurso de las sesiones que efectúo en mi clínica; en segundo lugar, me centraré en proporcionar pautas de clara aplicación en la vida cotidiana que permitan a la persona tener armas para vencer, se supone que con ayuda terapéutica, a la dependencia emocional.

Precisamente por estos motivos, en el presente libro haré re­ferencia a la dependencia emocional con esa denominación y no con la propuesta por mí (“Trastorno de la personalidad por ne­cesidades emocionales”), ya que es un tanto farragosa y está diri­gida a los profesionales. Desde mi punto de vista, considerar a la dependencia emocional como un trastorno de la personalidad era algo imprescindible y así lo hice anteriormente; por lo tanto, sin renegar de este planteamiento, pienso que para un trabajo divul­gativo es mejor que continúe utilizando la denominación “depen­dencia emocional” por ser la más conocida y la que permite una mejor identificación del problema.

Pero no sólo son estos los motivos por los que escribo este libro. También aprovecho la ocasión para actualizar mis cono­cimientos sobre el tema, conocimientos que me han transmitido mis verdaderos maestros, que son mis pacientes. En este traba­jo aparecerán muchas afirmaciones coincidentes con las que he efectuado en el pasado, pero quizá haya alguna que sea contraria (por ejemplo, considerar a la codependencia como dependencia emocional y no como algo diferente). Además, añadiré informa­ción muy relevante en cuanto a la comprensión de la dependen­cia emocional: por ejemplo, distinguiendo dos tipos dentro de la dependencia estándar, añadiendo más perfiles de “objetos” de los dependientes, proponiendo más patrones familiares que influ­yen en el origen de este problema en los afectados, etc. Digamos que hay muchas novedades que merecen ser expuestas, noveda­des que no sólo he ido conociendo por el transcurso de los años -con el consiguiente incremento de mi experiencia clínica-, sino también por un estudio pormenorizado que he llevado a cabo en los últimos meses, en el cual he analizado caso por caso toda mi práctica profesional con personas afectadas por la dependencia emocional, llegando al punto de releer todas las notas que he tomado durante las sesiones y sistematizar los hallazgos que he ido encontrando. Espero que estas novedades sobre lo que es la dependencia emocional y sobre todo lo que la rodea (causas, des­cripción de los “objetos”, características, etc.) sean del agrado de los lectores y mejoren su conocimiento de este problema, igual que se ha producido en un servidor. Como anexo de este trabajo, he añadido una síntesis de mis hallazgos en una selección de mis casos más importantes.

No cabe duda de que el punto fuerte de este libro es el relativo a las pautas de autoayuda, que ocupan una parte muy importante del mismo. En este sentido, mi intención es la de transmitir algo similar a lo que realizo en mi trabajo como psicoterapeuta, tanto en la forma (un planteamiento basado en la lucha, en la moti­vación, en la reivindicación personal) como en el contenido (es­tructuración de la terapia en objetivos, que tienen una aplicación clara en el día a día y no son sólo abstracciones). En cierto modo, este libro es una mezcla de los dos anteriores que he escrito: “De­pendencia emocional: características y tratamiento” y “Luchar contra el miedo y el desánimo” (Ediciones Pléyades, 2008); en el primero por el tema que se trata, y en el segundo por la filosofía que sigo para combatir contra los problemas psicológicos.

Deseo con este libro poner mi granito de arena para la erradi­cación de la dependencia emocional, problema que sólo conocen a fondo los que lo sufren y que saben lo terrible que puede lle­gar a ser. Con tal de que una sola persona comience a combatir contra su necesidad afectiva a partir de la lectura de esta obra, y ponga en práctica alguna de las pautas propuestas o, mejor aún, que solicite ayuda profesional de un terapeuta especializado en dependencia emocional, me daré por satisfecho.

Jorge Castelló Blasco
www.jorgecastello.org

PARTE I
¿Qué es la Dependencia Emocional?

Hace ya muchos años, allá por 1.999, di la siguiente definición de la dependencia emocional: “un patrón persistente de necesida­des emocionales insatisfechas que se intentan cubrir desadaptati­vamente con otras personas”. La verdad es que es una definición que, a día de hoy, sigue siendo vigente, porque la esencia de este problema es que el dependiente presenta una frustración o una insatisfacción en su área afectiva que pretende compensar cen­trándose preferentemente en sus relaciones de pareja. El mundo del amor se convierte en lo más relevante para el dependiente emocional, que vive sus relaciones de una manera tremendamen­te intensa y que siente que lo único que realmente importa es el otro, sin poder concebir su existencia sin alguien a su lado.

Con esto, podríamos decir: ¿qué hay de malo en ello? Claro, el amor es algo de por sí positivo y bien considerado por nuestra sociedad, por lo que tener una gran dedicación al mismo y una alta consideración de él parece más una virtud que un defecto. Pero nada más lejos de la realidad. El dependiente emocional sue­le tener relaciones de pareja desequilibradas, en las que aporta mucho más que el otro; por lo tanto, vive en la eterna falta de correspondencia, con todo lo que esto supone. Además, prioriza tanto su relación amorosa que pone en compromiso el resto de sus facetas: su estado de ánimo irá en función de dicha relación, su tiempo se dedicará a la otra persona (mientras ella se deje), sus pensamientos girarán en torno a la aceptación o al temido recha­zo del otro, etc. De todo esto se desprende que mientras la rela­ción vaya ligeramente bien -aunque para otro esa situación fuera inadmisible-, la persona podrá cumplir con sus tareas habituales; pero si esto no es así, todo salta por los aires: estado de ánimo, trabajo, responsabilidades familiares, obligaciones, aficiones y demás. Lo más importante, con diferencia (incluyendo los hijos si se tienen), es la pareja.

Pero, por si no fuera poco, nos aparece otro “efecto secun­dario” de este gran problema que es la dependencia emocional, y es que si la relación es lo más importante para el individuo que la padece, ¿qué sucede cuando esta se rompe? Que entramos en el terreno más palpable de los problemas mentales: la perso­na nos aparece angustiada, con el rostro desencajado, llorando continuamente, pensando incluso en morirse, con una ansiedad terrorífica, sin poder concentrarse en nada salvo en el “monote­ma” que supone la relación perdida, etc. Para entendernos, lo que sufre el dependiente emocional es lo que pasa cualquiera después de una ruptura, pero multiplicado por diez.

Eso sí, este calvario desaparece como por arte de magia en dos situaciones:

La ex pareja contacta con el dependiente y propone una cita, o bien alimenta esperanzas de una hipotética reconciliación.

En medio del sufrimiento, y contra todo pronóstico por es­tar el individuo echando de menos de forma obsesiva a su anterior pareja, aparece otra persona que previamente se ha buscado. El clásico “un clavo quita a otro clavo”, o, mejor dicho: “a rey muerto, rey puesto”.

En cualquiera de estas dos situaciones, el rictus desencajado del dependiente da paso, sin solución de continuidad, a un sem­blante sereno e incluso eufórico. Y esto puede producirse, sin exagerar, en cuestión de minutos, algo imposible de ver en otros problemas psicológicos como la depresión, las fobias, etc.

En este tipo de situaciones, es fácil pensar que los dependien­tes emocionales realmente están más enamorados obsesivamente de la relación que de la persona; es decir, en muchas ocasiones he llegado a pensar en mi trabajo que daba igual quién estu­viera al lado del dependiente siempre y cuando reuniera ciertas características: lo importante es que hubiera alguien. A primera vista, esto puede parecer poco relevante, pero pe nsém osl o me­jor imaginando a una madre que pierde a su hijo pequeño por una enfermedad, y que cuando todavía está llorándolo le ofrecen la posibilidad de adoptar a otro. ¿ Realmente pasaría página tan rápido? El amor sano está “personalizado”, el insano no tanto. De cualquier forma, es importante precisar que cuando el depen­diente emocional está en plena relación ni se le pasa por la cabeza cambiar de pareja porque está plenamente focalizado en ella; eso sí, siempre y cuando sea satisfactoria y esté a la altura de sus ex­pectativas, porque, como veremos, cualquiera no vale para estar con un dependiente.

Imagino que, con lo que acabo de exponer, pocas personas pensarán qué hay de malo en estar tan centrado en el amor como lo hace un dependiente emocional, pero esto no es nada porque lo peor con diferencia viene cuando analizamos deteni­damente sus relaciones de pareja. Son relaciones basadas en la sumisión, la idealización y el terror al rechazo, al abandono. Esto puede llegar al punto de que el dependiente aguante malos tratos, de que se conforme con relaciones en las que el otro no tiene el menor interés en él, o de que soporte humillaciones por parte de la pareja como la obligación de hacer la cena a ella y a su amante en su propia casa, para ver después cómo se marchan los dos a tener su intimidad (en el caso que yo traté, afortuna­damente fuera del hogar). Y todos estos ejemplos, de los que podría añadir una infinidad, con una defensa a ultranza de la re­lación o, como mínimo, con un terror brutal a la ruptura, hasta el punto de que alguna persona ha venido a mi consulta con una situación surrealista como la que he expuesto con el fin de que yo la ayudara a romper su pareja, porque ella se veía totalmente incapaz de hacerlo.

La dependencia emocional es algo que, como indica el subtí­tulo de este libro, convierte el amor en un suplicio, convierte algo que tendría que ser muy bonito y que debería aportarnos muchí­simo, en algo que es horroroso en muchas ocasiones y que resta amor propio y calidad de vida al dependiente, consumiéndolo poco a poco y atormentándolo.

Características de los Dependientes Emocionales

He presentado una visión panorámica de lo que es la depen­dencia emocional para que el lector sepa de qué tipo de problema estamos hablando, pero ahora llega el momento de detenernos en los diferentes rasgos que la componen:

Prioridad de la pareja sobre cualquier otra cosa

El dependiente emocional pone a su relación por encima de todo, incluyéndose a sí mismo, a su trabajo o a sus hijos en mu­chos casos. No tiene que haber nada que se interponga entre el individuo y su pareja, que dificulte el contacto deseado con ella. Obviamente, dentro de una normalidad, pero siempre observan­do esa dinámica; por ejemplo, una persona va dejando poco a poco sus aficiones como el gimnasio o las clases de pintura para estar más tiempo con su compañero, hasta que prácticamente se convierte en su sombra; igualmente, una madre separada ini­cia una nueva relación y deja continuamente a sus hijos con sus abuelos para quedar todas las veces que pueda con el otro.

El dependiente deja de tener vida propia o, mejor dicho, vive la vida del otro mientras que este lo permita. Si la pareja quiere ir a tomar cañas, pues a tomar cañas; si desea quedarse en casa, no hay problema; si a las ocho llega del trabajo, a las ocho estará el dependiente en perfecto estado de revista para estar a disposi­ción. Insisto en que todo dentro de unos límites de lo razonable; por ejemplo, si el dependiente emocional llega de su propio tra­bajo a las nueve tampoco va a salir antes incumpliendo sus res­ponsabilidades laborales, aunque ya intentará -si es que tiene esa posibilidad- cambiar su horario porque, como he dicho, la pareja es lo más importante.

Las aficiones se van perdiendo, las amistades van adquiriendo menos protagonismo, la familia pasa a un segundo plano, etc. Esta prioridad de la pareja sobre cualquier otra cosa llega hasta el punto de que el estado de ánimo del dependiente va en función de cómo está con su compañero: si detecta aceptación y consolidación de la relación, aunque esta fuera insatisfactoria para un observador externo, él estará bien; si detecta fisuras, inestabilidad o signos de rechazo, aunque la ruptura fuera lo mejor con diferen­cia para ese hipotético observador externo, sobrevendrá la angus­tia y el decaimiento, que no habrá forma de encauzar por ninguna otra área de su vida por muchas alegrías que estas deparen.

En definitiva, los dependientes son personas que viven “ena­moradas del amor”, personas que consideran que su vida sólo adquiere sentido dentro de una relación de pareja.

Voracidad afectiva: deseo de acceso constante

Para entender este rasgo, es muy importante que nos imagine­mos que el dependiente puede decidir por sí mismo cómo, cuán­do y de qué forma contacta con su pareja: luego explicaremos por qué. Suponiendo esto, si por el dependiente fuera, tendría el mayor roce posible con su pareja mediante todas las formas posibles. Por ejemplo, cuando ambos miembros de la relación están en casa, procurando estar juntos el máximo tiempo (nada de cada uno en su habitación, o uno viendo el ordenador y el otro trabajando). Asimismo, si la pareja sale con un grupo de amigos, estando todo el rato junto al otro y teniendo principalmente inte­racción y contacto físico con él.

¿Y qué sucede cuando, por las obligaciones que todos te­nemos, los dos miembros de la pareja están separados? Muy sencillo: el teléfono móvil e internet se han convertido en dos ayudas inestimables para satisfacer la voracidad afectiva de los dependientes emocionales, sea mediante llamadas telefónicas, mensajes de texto, correos electrónicos o programas de men­sajería con los que el dependiente puede estar online con su pareja. El contacto puede ser muy frecuente y excesivo, hasta el punto de que llame la atención al entorno o de que ocasione algún problema en el trabajo. Ni que decir tiene que la persona con dependencia también presionará lo que pueda para que su pareja, inmediatamente que termine con sus obligaciones, mar­che presta a reunirse con ella.

Insisto en que, si por el dependiente fuera, estaría el máximo tiempo disponible con la otra persona, y cuando esto no se con­sigue se compensa esta situación con otros medios de comunica­ción con los que hay también contacto. Cabe añadir también que este rasgo está muy acentuado en algunos dependientes emocio­nales, pero no en todos (como la mayoría de los que exponemos en este apartado).

Pero antes hemos dicho que nos debíamos imaginar en un supuesto: que la otra persona no pusiera pega ninguna al com­portamiento voraz y “agobiante” del dependiente. Como es ló­gico, esto sucede a veces, pero en la mayoría de las ocasiones no es así y la pareja reclama espacio y recrimina este tipo de comportamientos. Si añadimos que también es frecuente que las personas que los dependientes escogen como pareja no siempre se comportan de una manera sensible y afectuosa, nos resulta que lo más normal sea que el otro ponga límites y condiciones al comportamiento voraz de su compañero, mediante los clásicos “no me llames tanto”, “necesito mi espacio”, “no me agobies”, “no creo que me dé tiempo a verte en toda la semana”, “quiero hacer esto solo”, etc. Y, claro, al dependiente no le queda otra que aceptar estas condiciones porque, de lo contrario, se puede producir lo que más teme: el rechazo e incluso la ruptura. Por lo tanto, no esperemos encontrarnos relaciones de “fusión” entre el dependiente y el otro porque esto sólo sucede algunas veces, ya que es precisamente la otra persona la que en muchos casos pone límites a la voracidad afectiva; además, lo normal es que dichos límites sean incluso abusivos porque el otro considera que tiene privilegios en la relación, ya que el dependiente le pone un cheque en blanco con sus nada disimulados deseos de contacto continuo y con su nada disimulada fascinación hacia él.

Tendencia a la exclusividad en las relaciones

Como en todas las características que estoy exponiendo, en esta en concreto sucede que no es más que una exageración de la normalidad. Es decir, en toda relación hay un deseo de exclusividad en el sentido de que no queremos compartir a nuestra pareja con una tercera persona. Pero no es sólo esto lo que sucede en la dependencia emocional. Aquí, además, el dependiente quiere li­teralmente a su pareja para él solo: todo lo demás molesta, desde amigos hasta compañeros de trabajo, pasando por los hijos.

Igual que antes, ya sabemos que en las relaciones normalmente no se hace lo que quiere el dependiente (salvo con un tipo especial de dependencia que comentaré más adelante), por lo que es fácil deducir que, al final, la pareja hará lo que le venga en gana. Pero, si por el dependiente fuera, no se saldría con amigos sino sólo el uno con el otro, ni se harían comidas de trabajo ni nada por el estilo. El uno para el otro en una inmensa y figurada burbuja.

De igual forma que sucede con la voracidad afectiva, la exclu­sividad es un aspecto que no se da en todos los dependientes emo­cionales con la misma fuerza; incluso en algunos no se produce más allá de lo normal.

Idealización del compañero

El otro se convierte con el tiempo en alguien sobrevalorado, eso si no lo ha sido desde el principio por tener un perfil determi­nado de endiosamiento o de lejanía hacia los demás, como ya ve­remos. Será muy difícil que un dependiente emocional se enamo­re de alguien al que no admire o vea bastante por encima suyo, no desde un punto de vista racional u objetivo (por ejemplo, que sea mejor profesional o más inteligente), sino en general, como una sensación que él experimenta de estar con alguien más im­portante o más elevado y que transmite deseos de estar junto a él.

No obstante, no sólo se producirá una sobrevaloración gene­ral de la pareja sino que también se podrán distorsionar sus mé­ritos y capacidades. Por ejemplo, si es artista o empresario, será de los mejores en su trabajo; si es más o menos atractivo, será el más guapo; si es prepotente en su forma de hablar, será muy inteligente; etc.

Al final, uno de los elementos que más influyen en esta idealiza­ción es cómo trata la persona al dependiente emocional. Cuántas veces he escuchado en mi consulta la afirmación de que los flirteos o pretensiones amorosas de alguien se consideran signo de debili­dad o de comportamiento “baboso” (provenga de quien proven­ga, incluso de personas que pueden despuntar por su trabajo o por otras facetas), mientras que el desprecio, el escaso interés o la pre­potencia se interpretan como signos de poder, fuerza o elevación. Realmente, no son aspectos concretos de otro individuo los que lo convierten en idealizable, sino su perfil general y, especialmente, el trato de dicho individuo hacia el dependiente emocional.

Sumisión hacia la pareja

La consecuencia lógica de ser muy voraz afectivamente, de priorizar a la relación sobre cualquier otra cosa o de idealizar a la pareja, es que el trato hacia ella va a ser de subordinación, es decir, “de abajo a arriba”, como si alguien muy bajito se dirigiera a un gigante al cual necesita. Da la sensación en ocasiones de que los dependientes se comportan con sus parejas como sacerdotes que realizan ofrendas a algún dios al que le permiten absoluta­mente todo, al que le justifican todos sus actos y al que, a pesar de los pesares, le intentan satisfacer con lo que pida.

Antes he puesto el ejemplo de esa persona que le hacía la cena a su marido y a su amante en su propia casa, pero podría poner otras situaciones de sumisión como las de aceptar todo tipo de descalificaciones por parte del otro, permitir infidelidades, hacer siempre lo que quiere la pareja, soportar las descargas de sus frus­traciones -que pueden llegar incluso al plano físico- o también ser y actuar como pretende o desea el compañero.

En este sentido, recuerdo también a una persona con depen­dencia emocional que estaba casada y que tuvo que aceptar pasar de “esposa” a amante de su nueva relación, como si uno pasa­ra de ser primer plato a ser el segundo y, además, sin rechistar. También he escuchado otros comportamientos serviles como los de pelarle la fruta a la pareja (pero no por querer tener un gesto bonito, sino porque el otro lo exige) o estar sin hacer el más ab­soluto ruido en la casa porque el compañero estaba haciendo la siesta, hasta el punto de no poder prácticamente ni moverse ... y consentir esta situación sin siquiera plantearse que se estaba uno mismo poniéndose a la altura del betún.

Hay un sinfín de ejemplos y manifestaciones de la sumisión hacia la pareja que indican que las relaciones que suelen llevar a cabo los dependientes emocionales son desequilibradas; es decir, uno de los dos miembros tiene más importancia que el otro, yeso se nota en cada momento.

Pánico ante el abandono o el rechazo de la pareja

El dependiente emocional idealiza tanto a su compañero y se somete tanto a él, considerando la relación de pareja como lo más importante de su vida, que le tiene verdadero terror a una rup­tura. Hay personas que, literalmente, se encuentran incapaces de romper una relación, y no por quedarse descolgadas en el plano económico o de cualquier otra forma, sino porque afectivamente lo encuentran devastador. En estos casos no vale la frase de “más vale solo que mal acompañado”; es más, una de las manifestacio­nes más usuales tras una ruptura es “con él estaba fatal, pero es que ahora estoy mucho peor”.

Como veremos en la siguiente característica, en muchas oca­siones es el terrorífico síndrome de abstinencia el que acongoja de tal manera al dependiente que le hace pensar y sentir con absolu­ta realidad que es totalmente imposible romper la relación, y que si no lo hace el otro no habrá forma humana de que se produzca esa situación.

Pero lo más normal es que las rupturas no solo se conside­ren inalcanzables, sino que además no se deseen en absoluto. El dependiente emocional, en casos graves, puede aguantar prác­ticamente todo con tal de que no se rompa la relación porque prefiere estar fatal dentro de ella que sin sentido de la vida o de la existencia fuera. Esto produce un gran terror a los rechazos en el seno de la pareja, a los comportamientos de escasa aprobación o a los signos que se den por parte del otro que indiquen una falta de interés o una falta de cariño.

En esta situación es cuando empiezan a efectuarse los com­portamientos de comprobación, tan habituales en otros tras­tornos de ansiedad, y que tienen como finalidad garantizar que la pareja está por la labor de continuar. ¿En qué consisten esos comportamientos de comprobación? Muy sencillo, en re­leer mensajes de texto buscando palabras afectuosas, en pedir besos o abrazos para ver la reacción y para garantizar que se dan, en estar pendiente de lo que se tarda en contestar una llamada perdida, etc. El repertorio es inagotable y dependerá de cada individuo, pero la cuestión es que hay un continuo “escaneado” del otro en busca de signos que alivien el terror al rechazo que padecen las personas con este problema.

Cabe añadir que hay ocasiones en las que dichos compor­tamientos de comprobación no son tales, sino que son ma­nifestaciones del deseo voraz del otro, de las intenciones de fusionarse con él que mencionaba anteriormente.

Trastornos mentales tras la ruptura: el “síndrome de abstinencia”

Ya he expuesto que los dependientes tienen un miedo cer­val a lo que acontece tras una ruptura, que es el “síndrome de abstinencia”, llamado así por analogía a las adicciones a las drogas. Este bien llamado síndrome supone realmente el padecimiento de un trastorno mental que variará según la per­sona y según la intensidad, pero que de manera habitual es un trastorno depresivo mayor con ideas obsesivas, o, dicho en otras palabras, una depresión muy fuerte con pensamientos repetidos y angustiosos en torno a un tema que, en este caso y como no podía ser de otra forma, es la relación perdida y todo lo que ello conlleva: recuerdos, planes para reanudar la pareja, remordimientos por supuestos errores cometidos, etc.

El golpe psicológico es tan brutal que no sólo hay una in­mensa tristeza, sino que además habitualmente se sufren sín­tomas de ansiedad intensos que impiden la concentración y que se traducen en molestias físicas o sensaciones muy desagradables, y también en pensamientos sobre el poco sentido que tiene la vida que pueden derivar en ideas suicidas. En este sentido, recuerdo perfectamente a una persona que nada más entrar por primera vez en mi consulta me dijo que ya tenía fe­cha para morirse. Esto llama la atención porque se suelen aso­ciar las ideas suicidas con otros problemas, pero en la depen­dencia emocional y muy especialmente dentro del síndrome de abstinencia se dan, aunque hay que decir que lo más usual es que sólo se dé, que no es poco, una pérdida muy sustancial de apego por la vida.

En el síndrome de abstinencia lo que domina es el deseo de retomar la relación, las ideas continuas de, con cualquier ex­cusa, contactar con la otra persona para no tener la sensación de pérdida o de desaparición definitiva. A veces, estas excusas se las da el individuo a sí mismo en forma de autoengaño, por el que uno se autoconvence de que no pasa nada por llamar a la ex pareja ya que se puede tener una simple amistad, o de que sólo se está contactando con el otro para “cantarle las cuarenta” .

Todo el padecimiento descomunal de este síndrome desapa­rece de un plumazo con una simple llamada de la otra persona. Donde había lágrimas, ansiedad y auténtica desesperación, se pasa a la tranquilidad y a la sonrisa.

Búsqueda de parejas con un perfil determinado

Este rasgo merece un capítulo aparte porque hay mucho que decir sobre él, mucho más sabiendo que alguno de estos perfi­les es, a su vez, el de otros dependientes emocionales, aunque distintos al “estándar” o normal, que es el que estoy descri­biendo. Puedo anticipar que el tipo de persona que suele pre­ferir el dependiente emocional, al que llamaré “objeto” como he hecho desde mis primeros trabajos, es normalmente alguien engreído, distante afectivamente, egocéntrico, y a veces hostil, posesivo o conflictivo. Más adelante lo explicaré con mayor detenimiento.

Amplio historial de relaciones de pareja, normalmente ininterrumpidas

Puedo decir, en tono jocoso, que las primeras visitas con un dependiente emocional son un listado inagotable de relaciones de pareja que se producen desde la adolescencia. Estas perso­nas viven su vida alrededor del amor y no la conciben sin él: necesitan, o eso creen ellas, a alguien permanentemente a su lado. Por este motivo, nada más terminan una relación, y aun­que sea en pleno síndrome de abstinencia, buscan otra persona para reemplazar a la anterior, incluso al mismo tiempo que se intenta reanudar dicha relación rota.

Normalmente, el tiempo que transcurre entre una relación de pareja y otra es muy escaso, y cuando es largo puede de­berse a que todavía se arrastre la que se ha roto (por ejemplo, siendo amante de la ex pareja y estando siempre pendiente de cualquier contacto por su parte) o a que se mantenga una ac­titud de constante flirteo por la que el dependiente no se siente realmente solo, ya que tanto por internet como por el teléfono móvil hay correos electrónicos, mensajes de texto y demás que producen sensación de inmediatez y de proximidad; esto sin contar las citas puntuales que se den con estas personas con las que existe dicho flirteo.

Es importante añadir que no todas las relaciones que man­tiene un dependiente emocional son iguales, es decir, como las que estoy describiendo. En ocasiones, tienen relaciones con personas más normales pero que no terminan de ser satisfacto­rias y se siguen por no sentir la soledad, por no experimentar la angustia de saber que no hay nadie ahí permanentemente disponible. Estas relaciones se continúan hasta que aparece en el horizonte alguien “interesante” con el que se pueda dar rienda suelta a toda la afectividad y la pasión: en otros traba­jos he llamado a estas relaciones “de transición” porque real­mente son un paso de una, que no llena, a otra que sí lo hace por producirse con alguien que se ajusta al perfil del objeto que veremos más adelante.

Baja autoestima

Por obra general, los dependientes emocionales son personas que no se quieren a sí mismas. Más tarde, en otro apartado, ma­tizaré esta afirmación porque veremos que es posible distinguir entre dos tipos de dependientes “normales” o “estándar”, que es el tipo de dependencia que estamos ahora considerando. No obstante, como mínimo en el terreno de las relaciones de pareja, y en muchas ocasiones más allá de él, son individuos que no tienen un trato adecuado consigo mismos.

¿Qué significa quererse a sí mismo? Porque esto realmente es algo muy abstracto, por más que tenga manifestaciones concretas y de lo más palpables. Quererse a uno mismo no significa nece­sariamente que tenga que considerarse con virtudes o cualidades; por ejemplo, considerarse guapo, buen profesional, inteligente, etc. Existen dependientes emocionales y otras personas que saben racionalmente que presentan algunas de estas cualidades, y sin embargo no se quieren de una forma adecuada. Lo que acaba­mos de describir es el autoconcepto, es decir, la idea racional que todos tenemos sobre nosotros mismos. Digamos que sería un listado de cualidades, carencias, virtudes y defectos que todos tenemos sobre nosotros.

No obstante, la autoestima es algo diferente al autoconcepto, aunque en muchas ocasiones van por caminos similares. De igual forma que podemos considerar a alguien guapo o inteligente pero al mismo tiempo detestarle; podemos pensar sobre otra persona que no es muy atractiva pero que estamos con ella a muerte. Los sentimientos no tienen por qué ir necesariamente por el mismo camino que nuestra idea racional.