cover.jpg

Jean Grondin

Del sentido de las cosas

La idea de la metafísica

Traducción de
VÍCTOR GOLDSTEIN

Herder



Título original: Du sens des choses. L’idée de la métaphysique

Traducción: Víctor Goldstein

Diseño de la cubierta: Dani Sanchis

Edición digital: José Toribio Barba

© 2013, Presses Universitaires de France, París

© 2018, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-3934-6

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Herder

www.herdereditorial.com


ÍNDICE

PREFACIO. HERMENÉUTICA METAFÍSICA

PRIMERA LECCIÓN. HERMENÉUTICA DE LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA METAFÍSICA

Dos tentaciones en la lectura de la historia de la metafísica

Metafísica después de las deconstrucciones de la metafísica

La metametafísica y la metafísica en acto

Kant: una metametafísica sostenida por una metafísica en acto

La metametafísica de Heidegger que trata de responder los interrogantes de la metafísica

SEGUNDA LECCIÓN. HERMENÉUTICA DEL ESFUERZO METAFÍSICO

Entonces, ¿qué es la metafísica?

El genio del platonismo: la belleza de la idea

El presentimiento del Bien

Vislumbre de la metafísica del Bien supremo

TERCERA LECCIÓN. DEL SENTIDO DE LAS COSAS

Del sentido que yace en las cosas (o el sentido de las cosas entendido como genitivo subjetivo)

Del sentido sensitivo o de la capacidad de captar ese sentido (el sentido de las cosas como genitivo objetivo)

Del homo sapiens: el que siente el sentido de las cosas

La aportación de la tradición del De sensu

El sentido o la razón de las cosas

Un sentido siempre práctico

Presentir el sentido

La arquitectura del sentido del ser: acerca de su cuádruple sentido

CUARTA LECCIÓN. DE LA VERDAD, COMENZANDO POR LA DE LAS COSAS

Anamnesis: los fondos de la verdad

Tres planos

De la verdad de las cosas (veritas rerum)

Una certificación de esta verdad en Agustín

La verdad del ser, adecuado a nuestro conocimiento

Del sentido de la adæquatio: reentender la verdad como adecuación al sentido de las cosas

La adecuación ¿a qué res?

QUINTA LECCIÓN. DEL SENTIDO DE LA INTELIGENCIA

Del origen de la inteligencia

La ampliación de la inteligencia humana de Heráclito a Platón

De la vocación metafísica del hombre

SEXTA LECCIÓN. DEL SENTIDO METAFÍSICO

¿Qué sentido podemos esperar?

La superación del nominalismo

De la inteligencia de las cosas

EPÍLOGO. DE LA DIMENSIÓN METAFÍSICA DE LA HERMENÉUTICA

Dos testimonios reveladores

La metafísica en el título Verdad y método

La verdad del arte: una experiencia metafísica

La verdad metafísica de las ciencias del espíritu

Del giro ontológico de la hermenéutica

Reconducción a la metafísica clásica

Huellas de la metafísica en los debates más tardíos de Gadamer: ¿perdido cual oveja entre la maleza, cada vez más seca, de la metafísica?

Del sentido de la interpretación

Conclusión

ÍNDICE DE NOMBRES



A Copain y a todos sus amigos del reino animal,
que me enseñaron a admirar el sentido de las cosas.

Cosa muy ardua y rarísima es, amigo Cenobio, alcanzar conocimiento
y declarar a los hombres el orden de las cosas, el propio de cada una,
ya sobre todo el del conjunto o universalidad con que es moderado y regido este mundo.
AGUSTÍN 1



1 De ordine, 1.1.1 (trad. de P. Victorino Capánaga: www.augustinus.it/spagnolo/ordine/index2.htm [consulta: 11-12-2017]). [Salvo indicación en contrario (como en este caso), todas las citas textuales de otros autores son traducción de V. G., y en todos los casos los agregados en latín o griego que se hallan entre paréntesis y cursiva son del autor. (N. del T.)].


Prefacio

Hermenéutica metafísica

Al dar testimonio de la vitalidad inesperada de las investigaciones de metafísica, las lecciones de la cátedra «Étienne Gilson» se impusieron como uno de los foros filosóficos más estimulantes de nuestro tiempo. Por lo que a mí respecta, es para mí —un muy pero muy modesto alumno de alumnos a quien Étienne Gilson contribuyó a educar durante sus estadías en Canadá, donde fundó instituciones y tradiciones duraderas—1 un inmenso honor formar parte de él y agregarle mi granito de arena, o mi gotita de sirope de arce, a esta institución de entrevistas que tanto hizo para relanzar las discusiones sobre la metafísica, que me esforzaré por presentar aquí como una escucha del sentido de las cosas. Agradezco calurosamente al director de la cátedra «Étienne Gilson», Philippe Capelle-Dumont, y al decano de la Facultad de Filosofía del Instituto católico de París, Emmanuel Falque, por su invitación a este sexteto de meditaciones metafísicas, y también les doy las gracias a priori a todos los oyentes y a los lectores por su escucha y sus respuestas.

Los estudios que siguen se proponen bosquejar algunas de las ideas directrices de una hermenéutica metafísica. So pena de convertirse en un asunto escolástico o de etiquetas, la filosofía no debería cargarse demasiado con títulos ni con rúbricas. La filosofía, como amor a la sabiduría, se practica, muy simplemente, y su tarea es pensar lo que es en la perspectiva más atenta y más rigurosa posible. Las etiquetas tienen la desgracia de limitar su alcance y suscitar inútiles peleas pueblerinas (no obstante, la historia demuestra que eso es inevitable). En consecuencia, no se las utilizará sino con la más extrema circunspección, incluso sous rature.

El principio de los principios de una hermenéutica metafísica es que el hombre es un ser de comprensiones y que lo que él trata de comprender es el sentido de las cosas. Tendremos que explicar esa idea del sentido de las cosas (a partir de la Tercera lección), pero en esa noción de una metafísica hermenéutica, los términos de «metafísica» y de «hermenéutica» quieren ser entendidos como sustantivos y adjetivos: es a la vez la metafísica la que es hermenéutica y la hermenéutica la que es metafísica. Esto es cierto en el sentido más elemental de las cosas, del sentido de las cosas que una hermenéutica y una metafísica tienen por vocación llevar al concepto: así como una metafísica no puede desplegarse sin una hermenéutica, sin poner en marcha una interpretación y ser producto de un ser que no ceja en comprender el mundo, experimentando y presintiendo el sentido de las cosas, del mismo modo una hermenéutica no puede dejar de ser metafísica en el doble sentido en que lo que ella piensa es algo que es y en que lo que es entonces comprendido lo es necesariamente a la luz de su sentido, que a la vez lo envuelve y lo supera.

Al defender una hermenéutica metafísica, no sostenemos que habría que aplicar a la metafísica un bloque de doctrinas hermenéuticas, elaboradas por autores como Heidegger, Gadamer o Ricœur, aunque esa aportación no sería desdeñable. Tampoco queremos decir que la metafísica debería añadirse a o injertarse en una hermenéutica que permanecería incompleta sin ella, aun cuando sería bueno que la hermenéutica se volviera más consciente de su tenor hermenéutico.2 No se trata de poner juntos o en diálogo corpus que se habrían ignorado injustamente (aunque sea cierto decir que, la mayoría de las veces, los especialistas en metafísica no lo son de la hermenéutica,3 y viceversa), sino que se trata de pensar las cosas mismas. Según la concepción aquí defendida, es la filosofía misma la que es una hermenéutica metafísica o una metafísica hermenéutica: si la hermenéutica define su método, el de una interpretación de lo real al acecho de su sentido, la metafísica la caracteriza por lo que respecta a su objeto. La hermenéutica consiste en un esfuerzo por comprender y la metafísica en una tentativa por comprender el ser a partir de sus razones. En las dos, por lo tanto, se descubre la misma aspiración. Pero, un poco curiosamente, aquellos que se ocupan de la hermenéutica se focalizan en la comprensión (sus operaciones y sus construcciones, sus conceptos y sus estados afectivos), a menudo al punto de olvidar sus objetos, el ser, la verdad y el sentido, como si la comprensión no fuera de entrada transitiva o intencional, mientras que aquellos que practican la metafísica se concentran, en la justa medida, en el ser y sus principios, pero a veces sin prestar atención a su propia labor de comprensión, necesariamente hermenéutica.

La metafísica es el esfuerzo vigilante del pensamiento humano de comprender el conjunto de la realidad y sus razones. Como esfuerzo de inteligencia, ella despliega una hermenéutica, la cual es un arte del comprender y del desciframiento. Por lo tanto, no hay metafísica sin una hermenéutica que se muestre atenta al sentido de las cosas y de las palabras. Resta explicitar, poner en claro esa hermenéutica, y eso es lo que intentaremos hacer en estas lecciones.

Los títulos y las rúbricas, volvamos a decirlo, importan poco. Lo que cuenta es la filosofía misma, la inteligencia de lo real a la luz de su sentido y de sus razones, que no puede ser al mismo tiempo una metafísica y una hermenéutica. En todas las épocas la filosofía descansó en una metafísica en el sentido en que Descartes decía ya en su Carta-prefacio a la edición francesa de Los principios de la filosofía* que «la totalidad de la Filosofía se asemeja a un árbol: el tronco es la Física, cuyas raíces son la Metafísica, las ramas que brotan de este tronco son todas las otras ciencias, que se reducen principalmente a tres: a saber, la Medicina, la Mecánica y la Moral».4

Todo el tronco de la ciencia, con su sentido de lo universal, de los fundamentos y las causas, de la razón y la demostración, se alza en efecto sobre cimientos metafísicos. Esas raíces están alimentadas por un «suelo» hermenéutico, el humus que somos —ya se lo llame ego, Dasein u homo sapiens—, que quiere comprender algo del sentido de las cosas y de su propia existencia. El esfuerzo de comprensión que anima a una metafísica hermenéutica debe permitirle, tanto a la existencia como a la filosofía, abordar una respuesta a las cuestiones cardinales de la razón humana, que son para Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me está permitido esperar?

Del tronco de la filosofía, así arraigada en una metafísica hermenéutica, salen el resto de las ramas del saber, que Descartes remite a las tres «m», la medicina, la mecánica y la moral. La medicina se encuentra probablemente nombrada en primer lugar por el autor de las Meditaciones metafísicas porque prolonga la vocación terapéutica de la filosofía. El objetivo de la medicina es curar (medeor), y no es un azar si la filosofía muy pronto se vio comprendida como una terapia y un cuidado del alma. El arte médico mismo no puede dejar de ser de primera importancia para un ser que tiene la preocupación de su ser y, sobre todo, de los suyos, y nos proveerá de varias ilustraciones de lo que significa ponerse en busca del sentido y de la verdad de las cosas. En cuanto a la «mecánica», puede resumir aquí toda la industria (en el sentido cartesiano) y el saber del hombre, dando testimonio de sus capacidades de comprender, de estructurar y de aceptar el curso de las cosas. Por último, la moral: si la metafísica es una hermenéutica porque es el hecho de un ser que quiere comprender algo en el sentido de su existencia, ese sentido del sentido se convierte por sí mismo en un sentido práctico. Cuando se presiente cómo se conducen las cosas y lo que ellas exigen de nosotros, se actúa en consecuencia, con sentido común. Como lo quiere el marco de estas lecciones, el acento recaerá aquí en la metafísica.

Antes de presentar lo que hay que entender por el sentido de las cosas, que es a la vez metafísico y hermenéutico, nos proponemos bosquejar un retrato de la situación actual de la metafísica (Primera lección) y esbozar una respuesta a la pregunta: «Entonces, ¿qué es la metafísica?» (Segunda lección).

 

 

1 A este respecto, permítaseme evocar la conferencia que pronunció ante los estudiantes de la Universidad de Montreal el 19 de marzo de 1963 y que solo muy recientemente fue publicada en francés, «Réflexions sur l’éducation philosophique», en Conférence, vol. 26 (2008), pp. 611-631. De buena gana retengo de esto lo que él decía sobre los filósofos que quieren complacer a sus contemporáneos, p. 617: «Si vosotros deseáis convertiros en filósofos para haceros agradables a vuestros contemporáneos, perded toda esperanza. Nunca hay que filosofar cuando uno es invitado a casa de alguien porque inmediatamente se vuelve imposible la conversación. Por otra parte, esa es la razón por la cual, no sabiendo cómo librarse de Sócrates, los atenienses decidieron envenenarlo. Por lo general, si se mezcla en la conversación, es el filósofo el que comienza por envenenar a los otros. Cuando está presente, como se dice, ya no se puede charlar. En lenguaje familiar, Sócrates es un chinche. En argot contemporáneo, es un pesado».

2 En otra parte hemos insistido en esa dimensión metafísica de los pensamientos de Heidegger («Pourquoi réveiller la question de l’être?», en J.-F. Mattéi [ed.], Heidegger et l’énigme de l’être, París, PUF, col. «Débats philosophiques», 2004, pp. 43-69), Gadamer («La thèse de l’herméneutique sur l’être», en Revue de Métaphysique et de Morale, n.º 4 [2006], pp. 469-481) y Ricœur (Paul Ricœur, París, PUF, col. «Que sais je?», 2013). Sobre la dimensión metafísica de la hermenéutica, véase también el Epílogo de la presente obra.

3 Una notable excepción a esa ignorancia recíproca es la de Jean Greisch, cuya obra consagrada a las comparaciones entre la hermenéutica y la metafísica está en alemán: Hermeneutik und Metaphysik, Múnich, Wilhelm Finkelstein, 1993.

* Solo a título indicativo, el hecho de citar un libro en castellano significa que tiene traducción en nuestra lengua. Únicamente se darán sus referencias bibliográficas completas (editorial, etc.) cuando sean citados con dichas referencias en el texto o las notas al pie. (N. del T.)

4 R. Descartes, Los principios de la filosofía, trad. de G. Quintás Alonso, Barcelona, RBA, 2002, p. 15 [ed. Adam y Tannery (AT), IX, 2].