CUBIERTA-un-senor-con-gafas_web.jpg

un
SEÑOR
con
GAFAS

LIBRO UNO DE LA DANZA DE LOS ELEMENTOS

Ignacio Meléndez Hevia

Imagen318.PNG

Ediciones Corona Borealis

Un Señor con Gafas. Libro Uno de La Danza de los Elementos
Ignacio Meléndez Hevia

© 2012, Ignacio Meléndez Hevia
© 2012, Ediciones Corona Borealis
Pasaje Esperanto, 1
29007 Málaga Tel. 951 088 874
www.coronaborealis.es
www.edicionescoronaborealis.blogspot.com

Primera edición: noviembre de 2013
ISBN: 9788415465300

Distribuidor digital:
Lituralia Inc.
www.editores.lituralia.com

Todos los derechos reservados. No está permitida la reimpresión de parte alguna de este libro, ni tampoco su reproducción, ni utilización, en cualquier forma o por cualquier medio, bien sea eléctrónico, mecánico, químico de otro tipo, tanto conocido como los que puedan inventarse, incluyendo el fotocopiado o grabación, ni se permite su almacenamiento en un sistema de información y recuperación, sin el permiso anticipado y por escrito del editor.

Índice

Introducción y Agradecimientos
Un Señor con Gafas
Hacer Cosas. Los Deportes
La Trampa
Los Estudios
Los Pianos y los Conflictos Familiares
La Mente
El Ego
Resonancia. Sistemas Egóticos
Los sistemas complejos
Relación entre resonancia y sistemas egóticos
La resonancia del ego
La pareja como sistema egótico
Grupos egóticos de rango superior
Coger el Destornillador
Empezando el Trabajo
1. Escuchar con atención
2. Ir más despacio
3. Aceptación profunda
Bebés, Perros y Ratones
La Elección de un Camino hacia la Paz
La Curva de Extinción
Una Autoestima Baja
La Trampa a la Salida de la Trampa
Zen, Meditación y Satori
Rasterización. Dejar de Entender
Meditación
1. El bienestar físico
2. El atontamiento
La Conexión Interior
La Danza de los Elementos
La actitud de como si
La Mente Funcional
El Estrés Crónico, la Reactividad y el Ego
El Final del Juego de Contrarios
Notas
Corona Borealis

Introducción y Agradecimientos

No se me había pasado por la imaginación escribir un libro así, hasta que, de pronto, un día me encontré entre las manos algo que me impactó profundamente. Puedo decir, sin dramatismos, que eso me ha cambiado la vida, por el procedimiento de cambiarme radicalmente la forma de ver las cosas. Me parece valioso, y creo que es importante ponerlo a disposición de quien quiera probarlo, así que me senté al teclado y empecé a escribir.

El asunto me parece demasiado importante para andar adornándolo y reelaborándolo hasta convertirlo en un discurso cautivador. Prefiero entregártelo tal cual me lo encontré yo: como una avalancha que te pilla por sorpresa, que te deja paralizado, que te sumerge en un estado difícil de describir, pero que se podría denominar “atontamiento lúcido”. Mi intención no es que disfrutes leyendo un libro bonito, ni envolverte en un lenguaje seductor, ni hacer un estudio metafísico del ser humano. Sencillamente tengo algo que contarte, y aquí está, contado en primera persona, porque es algo que me ha ocurrido a mí.

El discurso que utilizo quizá puede resultar en algún momento demasiado directo, o incluso un poco atropellado, pero he preferido dejarlo así. Al fin y al cabo, si uno se encontrara un cocodrilo de cuatro metros de largo al entrar en su habitación, no diría “oh, qué chocante, ¿cómo habrá llegado un este lagarto tan grande hasta mi dormitorio?”; seguramente pegaría un bote y soltaría alguna interjección sin poder evitarlo. Algo parecido es lo que me ha pasado a mí, y tal cual me han venido las palabras te las paso a ti.

La idea que desarrollo, y que tiene una antigüedad de milenios, es que, infiltrada en nuestros pensamientos, en nuestro comportamiento y en general en nuestra vida, hay una entidad fantasmal, que es el ego, y que debajo de esa cubierta existe la persona tal como puede ser si consigue recuperar su equilibrio y su conexión interior, y consigue vivir en paz. El término “persona” puede dar lugar a confusiones, por lo que en algún momento utilizo el término “ser”, para referirme a esa esencia auténtica de la persona, y utilizo también en una ocasión el término “Mago”, tomado de un libro de Deepak Chopra1 que me resultó en su día muy inspirador.

El ego, tal como yo lo entiendo, es un sistema complejo ficticio o virtual, creado por una actividad mental distorsionada y contaminada, que se adueña del comportamiento de una persona hasta esclavizarla por completo. Presento algunas de las estrategias que utiliza el ego para crear, mantener, y contagiar a otros esa situación, por ejemplo la producción de un estado de estrés crónico, y finalmente propongo una forma de trabajo para escapar de esa situación paralizante. Por primera vez en mi vida, desde que empecé a leer cosas sobre este tema hace más de treinta años, lo he visto claro, y eso es lo que cuento aquí, sin adornos, sin añadidos y sin rodeos.

Hay tres personas hacia las que siento un profundo agradecimiento por su ayuda e inspiración para elaborar este libro: Ana del Puerto, Violeta Meléndez y Dalia Meléndez. Ellas me han estado llamando suavemente desde el sitio al que siempre quise llegar, y les agradezco desde el fondo de mi corazón el que no se hayan cansado de llamarme y de esperarme.

Un Señor con Gafas

Podría llenar, quizá no una enciclopedia, pero probablemente sí media página, con las cosas que soy, o sé hacer, o a las que me he dedicado: soy profesor de Educación Secundaria de Biología y Geología (profe de natu, para entendernos), soy un varón casado, padre de dos hijas, soy afinador de pianos, soy piloto de parapente y he disfrutado durante mucho tiempo de hacer vuelos biplaza a los turistas, tengo algunas, no muchas, nociones prácticas de mecánica del automóvil (sobre todo de los coches de antes, que tenían una mecánica más facilita), soy un experto en la limpieza del hogar, no se me da del todo mal la cocina, y así sucesivamente.

Sin embargo, lo que realmente soy lo descubrí hace poco y casi por accidente. Caminaba yo un día por la calle sin pensar en nada concreto, y casualmente pasé por delante de un escaparate en el que se exponían unos artículos deportivos que captaron tibiamente mi interés. Mientras los contemplaba sin prestar tampoco mucha atención, de pronto me encontré con mí mismo que me miraba desde el espejo semitransparente que formaba el cristal del escaparate. Fue un verdadero encontronazo. Mi reflejo y yo nos miramos fijamente a los ojos, y yo diría que nos miramos detrás de los ojos, durante un instante interminable. Mi atención, que vagaba por más allá de la Luna, fue traída aquí de un auténtico sopapo, y entonces, de pronto, me di cuenta de lo que realmente soy.

Soy un señor con gafas.

En realidad solo soy un señor con gafas mientras las llevo puestas, así que no soy ni siquiera eso. Más aún; hace muchos años todavía no era un señor, sino un chaval o un niño, y tampoco usaba gafas, así que tampoco soy realmente un señor. Soy la cosa más normal y anodina del mundo. Soy exactamente lo contrario de algo especial. A veces creo sentirme especial, pero ahora sé que no lo soy en absoluto.

Quizás sea una paradoja, pero el dejar de ser todas esas cosas que yo creía que era, ha resultado más un alivio y un descanso que un motivo de depresión, y es que ahora veo claro que una gran parte de la ansiedad que tenemos a diario se debe al esfuerzo de seguir siendo lo que uno cree que es: para ser afinador de pianos tengo que demostrar que sé afinar pianos, porque si dejo de afinarlos ya no seré eso; para ser un piloto de parapente biplaza tengo que volar a menudo para mantenerme entrenado y hacerlo bien; para ser profe de natu tengo que ir todos los días a mis clases, y así con todo. Constantemente me he sentido presionado para demostrar lo que yo creía que era. No sé si esa presión era real o imaginaria, pero para mí era muy real.

De hecho, ya no soy piloto de parapente porque hace años que vendí todo el equipo y que dejé de volar, de manera que ese elemento tengo que borrarlo de la lista; tampoco soy profe de natu porque hace unos años que pedí una excedencia y dejé de ejercer: otra cosa que hay que quitar de la lista. Al final, acabo llegando a la misma conclusión: no soy más que un señor con gafas que anda por ahí. Y por fin he podido dejar de hacer un montón de cosas que me impedían llegar a ser lo que realmente soy: nada.

Recuerdo algo que leí hace más de treinta años y que me dejó bastante perplejo: “El sabio no hace nada, y sin embargo nada se queda sin hacer”. Lo dijo Lao Tsé, un sabio chino que vivió hace más de dos mil cuatrocientos años, en su libro, el Tao Te King2. Este libro cayó en mis manos cuando tenía yo veinte años. Lo leí y no entendí ni jota, pero hubo frases, como esa y otras, que se me quedaron en la cabeza y que desde entonces no han parado de resonar en mi cerebro. Y me atrevo a decir que empiezo a vislumbrar tímidamente lo que pueden significar.

Recuerdo, hace también bastantes años, cuando intentaba dejar de fumar. Cualquiera que haya pasado por eso sabe que el asunto es complicado. Me fumaba un cigarrillo, me sentía fatal, me comía un caramelo de menta para quitarme el sabor del tabaco, que ya me resultaba aborrecible, me juraba que ese cigarrillo sería el último, etc. Y en un instante de lucidez atinaba a intuir dónde estaba el problema: yo no estaba en paz. No paraba de hacer una cosa, fumar, y a continuación hacía otra, comerme un caramelo, y a continuación otra, enfadarme con mi debilidad, y a continuación otra, proyectarme en el futuro para prometerme no encender el siguiente cigarrillo, y luego otra, regodearme en la ansiedad del deseo de un cigarrillo, etc., etc., etc. Un auténtico latazo que me tenía ocupado todo el día. En los escasos momentos de lucidez, iba yo diciendo, me parecía atisbar la raíz del problema: no dejaba de hacer cosas. Me parecía ver que si pudiera dejar de hacer cosas, era probable que el fumar sencillamente desapareciera, junto con todo el bullicio de actividad que le acompañaba.

¿Podría ser eso cierto? Imposible saberlo, porque me resultaba imposible dejar de hacer cosas.

Hacer Cosas. Los Deportes

Desde que tengo una memoria más o menos fiable, me recuerdo haciendo cosas, y desde que acabé la carrera y me puse ya más en serio a buscarme la vida, mi actividad se hizo frenética. Supongo que eso se considera bueno en un joven; es un síntoma de que es una persona activa y que toma las riendas de su propia vida. Bueno: ejercí de socorrista de piscina; traductor de enciclopedias; profesor de natación; canguro por horas; profesor particular de diversas materias; programador de ordenadores (por aquel entonces era más fácil que ahora); me dediqué intensivamente a las artes marciales, en especial al karate; devoraba todo tipo de libros, especialmente novelas de ciencia ficción, filosofía oriental y occidental, y libros de divulgación científica; me preparé y finalmente aprobé las oposiciones a profesor de instituto…, lo dicho, oiga, un frenesí.

Y eso no era más que el principio, porque de pronto me encontré casado, con una hija, con una separación, un divorcio, una situación económica peor que precaria, y la actividad se hizo no ya frenética, sino desbocada, y no voy a hablar de mi situación sentimental, que eso ya era una locura. Lo que no sé es si la locura era real o si sólo existía en mi cerebro.

A ver: no digo que yo en realidad no hiciera todas esas cosas y que todo fuera un invento de mi imaginación, no. Yo hacía todas esas cosas, una detrás de otra, y a veces dos a la vez, como leer y viajar en tren; las hacía realmente, no las soñaba ni nada de eso, pero la sensación de llevar una vida de locura era eso: una sensación, era la forma en que yo me sentía debido a ese ajetreo.

La locura no estaba en hacer todas esas cosas sino en la forma atragantada de hacerlas. Si yo hubiera sido capaz de hacerlas con tranquilidad y sin dejar de estar en paz, podría haberlas hecho sin tener la sensación de que la vida era una locura.

Pero claro, el ser humano tiene un límite en su capacidad de hacer cosas por unidad de tiempo, yo al menos tengo ese límite, por lo que si me sitúo por encima de él, me entra el agobio. Normal. Ese agobio es algo equivalente al calentamiento excesivo que experimenta un cable por el que está circulando una intensidad excesiva de corriente eléctrica. Y por cierto, que lo que le pasa al cable es bastante ilustrativo: cuanto más aumenta su temperatura, más aumenta su resistencia al paso de la corriente, y más se calienta..., hasta que puede llegar a fundirse. Igualito que lo que en algunas ocasiones yo pensaba que me iba a ocurrir a mí en cualquier momento, porque la actividad excesiva le vuelve a uno más atolondrado, y es más fácil que algunas cosas salgan mal, con lo que hay que repetirlas y el trabajo se va acumulando, por lo que hay que hacer las cosas más deprisa aún.

Sin embargo, en medio de toda esa sobrecarga de actividad, seguía practicando obsesivamente el karate, y además me dedicaba a leer un libro tras otro de Zen, realización personal, métodos de meditación, vías para llegar a la iluminación y al satori, y todas esas cosas. La verdad es que, pensándolo un poco, era para volverse loco. Yo creo que estaba totalmente alienado.

El karate es un deporte que puede ser muy sano, no lo dudo, pero para mí tenía varios problemas serios:

Mi técnica era francamente mala. Sin paliativos. Es como si una persona que carece de flexibilidad y de coordinación, de sentido del ritmo y de sensibilidad musical, se empeñara en ser una estrella de ballet clásico. Es un imposible, y lo que podría ser una actividad muy bella, creativa y expresiva se transforma en un fuente de frustración.

Lo que yo buscaba en el karate era algo que no existe: poderes extraños. No es que yo quisiera volar sobre los tejados, como en las películas de chinos, que ya sé que eso son efectos especiales, hasta ahí llego. No, los poderes que yo buscaba eran de otro tipo, pero tan falsos como esos saltos que dan los ninjas: yo buscaba el autodominio, el autocontrol absoluto, el situarme en un nivel tan alto (no sé muy bien en qué escala de altura), que ninguna perturbación procedente de otros niveles inferiores pudiera alcanzarme. De esa forma, pensaba yo, si alguien por la calle me insulta o me ofende, si alguien de mi entorno cercano hace algo que francamente me molesta, etc., podré no sentir nada y no responder en absoluto, porque estaré muy por encima. Y también buscaba otro tipo de poderes, como leer el futuro en una bola de cristal, sentir la energía de una persona sin verla, a distancia y en la oscuridad, ver el aura, y un etcétera bastante largo inspirado en libros de diversos contenidos esotéricos que iban pasando por mis manos.

Para ello hacía unas cosas la mar de raras, de verdad. Me iba a hacer footing a un parque solitario y oscuro de dos a tres de la madrugada y llevaba además unos nunchakus para practicar a solas en la oscuridad; corría descalzo por la nieve (en un polideportivo, no en el campo), caminaba descalzo sobre grava, practicaba a saltar desde una altura cada vez mayor para practicar caídas de todo tipo, practicaba obsesivamente los rompimientos de tablas con los nudillos y con el canto de la mano (nunca intenté romper ladrillos, se ve que me quedaba un punto de cordura, pero con las tablas y los palos estaba más que obsesionado). Me entrenaba también para tener unos reflejos muy rápidos; es cierto que los reflejos se agudizan mucho con el karate, y eso puede llegar a ser útil en algún momento, pero ese entrenamiento y esos reflejos tan estupendos, que son fenomenales para impresionar a los amigos cuando coges un vaso que se cae, tienen por otra parte un precio nada barato: uno está todo el día en un estado de tensión nerviosa inconsciente; en términos técnicos, en un estado de estrés crónico: uno va mirando a su alrededor previendo una reacción para cualquier cosa que se mueva. Hay quien llama a eso un estado de alerta, y realmente lo es, pero no es un estado de paz ni de tranquilidad, y además no le sitúa a uno en un nivel superior a nada, sino todo lo contrario: uno está preparado para partirle la cara al primero que haga un gesto que uno percibe como amenazador, y es posible que se le dispare la mano antes de darle al otro la oportunidad de completar ese movimiento.

Hay muchos ejemplos de esto que estoy explicando. Uno de ellos, que vi en un periódico, me pareció bastante gracioso. Resulta que la selección española de fútbol estaba en no sé qué país donde iba a jugar un partido de no sé qué campeonato, y uno de los jugadores se lesionó en el hotel porque se cortó con los cristales de un frasco que se rompió en el baño. Vaya hombre, qué mala pata, pobre chico, en fin. El caso es que un humorista se hizo eco de ese incidente dibujando al futbolista en el cuarto de baño: el chaval está con el frasco de cristal en la mano, que se le resbala y se cae al suelo, pero al ver el frasco moverse por el aire se le disparan los reflejos y le pega una patada, como disparando a puerta, y claro: rompe el frasco, se corta, se magulla el pie, etc. La viñeta tenía bastante gracia.

Creo que no se puede resumir mejor la cosa: si uno está sistemáticamente, obsesivamente, entrenado a darle una patada a un balón cuando pasa por delante, luego no puede esperar desarrollar la calma suficiente para ver pasar una cosa que se mueve, y quedarse quieto y con la mente en calma. Es absurdo pretender eso: los reflejos se disparan, la mente ya ve balones de fútbol en todo lo que se mueve. Lo mismo me pasaba a mí: iba en el metro y cada vez que alguien me rozaba con la mirada ya estaba yo calculando cómo le iba a inmovilizar o a golpear si se le ocurría mostrarse agresivo. El karate, desde luego, no era lo mío. No dudo que otras personas puedan encontrar en él una vía hacia la paz, pero yo no.

Cuando tenía unos treinta y tres años alcancé el máximo grado de entrenamiento de karate al que yo podía aspirar. Me encontraba en una mezcla de estar en plena forma y estar hecho una pena: me sentía muy ágil (para lo que yo puedo alcanzar), pero a la vez me venían de vez en cuando unos ataques de lumbago y de ciática horribles, en alguna ocasión me fallaba una rodilla y me pasaba unos cuantos días cojeando, tenía que hacer todos los días una serie de ejercicios repetitivos para mantener a raya una lesión de hombro y así poder realizar ciertos movimientos muy enérgicos…, vaya, aquello era mantener una locura a cualquier precio.

En esa época descubrí el buceo con escafandra autónoma. Aquello me sedujo. Me parecía fácil y se me daba bien, porque mi aceptable forma física me aportaba soltura con el equipo en el agua. Esa actividad tenía además un componente que me resultaba atractivo: te enfrentaba a situaciones reales. El karate está muy bien, pero yo nunca he tenido (afortunadamente) una pelea a muerte con nadie. En el buceo te enfrentabas a una situación real, y eso le proporcionaba, a mis ojos, un valor añadido. En eso se parecía a la escalada. Había practicado también la escalada, pero si el karate se me daba mal, la escalada se me daba peor, así que nunca me enganché con ella. El buceo en cambio prometía; durante una temporada me planteé hacerme instructor de buceo y dedicarme a eso. Afortunadamente me di cuenta a tiempo de que era imposible: abundaban los instructores, escaseaban los alumnos, el equipo y las salidas eran muy caros, por lo que el buceo fue perdiendo interés para mí.

Y un día descubrí lo definitivo: el parapente. Un sábado fui a una zona de vuelo y presencié una escena que me dejó boquiabierto. Un parapentista extendió su tela en el suelo, se puso un complicado arnés, ancló el parapente al arnés, aprovechó una rachita de viento para levantar la vela como si fuera una cometa, se colgó de ella y salió volando con una suavidad infinita en medio del silencio. Asombroso. Yo quiero hacer eso.

Estar en buena forma física, tener buenos reflejos, estar deseando explorar los límites propios, querer demostrar que uno es especialmente bueno en algo, estar dispuesto a someterse a horas de entrenamiento repetitivo soportando las condiciones que haga falta de calor o frío, son cosas que ayudan a adquirir un buen control del parapente, y poco a poco me fui convirtiendo en un parapentista experto. Luego aprendí algunas maniobras de pseudoacrobacia básica que se utilizan también como medidas de seguridad, me refiero a barrenas centrifugadas, salir de una pérdida, y cosas así. Luego aprendí a pilotar un parapente biplaza, y finalmente empecé a realizar vuelos con pasajeros que nunca habían volado en parapente.

Me encantaba pasear por el aire a alguien que nunca había probado esta forma de vuelo, porque la reacción general era de entusiasmo; también recuerdo al menos dos pasajeros que pidieron aterrizar cuanto antes porque se mareaban o tenían miedo, y así lo hicimos, claro, pero salvo esos casos aislados, la gente alucinaba con esa experiencia. Y yo estaba encantado.

Había un ingrediente que me atrapaba, y que finalmente me hizo abandonar el karate: al igual que ocurría con el buceo, el parapente no era ninguna broma, ni ningún simulacro. Me gustaba volar en condiciones “duras”, con viento fuerte, con turbulencias térmicas, y en esas circunstancias uno tiene que estar absolutamente concentrado, con una mezcla de tensión y relajación para sentir cada pequeña (o no tan pequeña) sacudida de la vela y reaccionar instantáneamente sin cometer un error, porque el riesgo no es poca cosa.

Había días en que yo era el único que despegaba, con un viento demasiado fuerte, mientras los demás pilotos me observaban desde el suelo. Y había días también en que yo era el único piloto que hacía biplazas, con unas condiciones de viento que para los demás eran prohibitivas. Por fin, después de años entrenando unas técnicas que no servían para nada, porque en el karate los puñetazos se dan al aire, o a un saco, o a una tabla, o como mucho a los abdominales de un compañero entrenado para recibirlos, encontraba una situación en la que tenía que aplicar una técnica en un caso real en el que había un peligro real de muerte. Me sentía realizado.

Aquel entrenamiento obsesivo de kárate para alcanzar superpoderes me produjo diversas lesiones, y con el buceo y el parapente me metí de forma imprudente en más de una situación de peligro, pero por fin aprendí una cosa: ya sé sin ninguna duda que esos poderes no son para mí. Me costó asumirlo, pero ahora que ya lo he asimilado, tengo una sensación de tranquilidad que no habría conseguido si hubiera seguido insistiendo hasta matarme.

Ahora, que ya no soy más que un señor con gafas, puedo reflexionar tranquilamente sobre las cosas que hacía para buscar esa extraña superioridad, y lo veo como algo lejano de lo que puedo hablar sin problema, pero en su día, cuando todavía no era un señor con gafas (bueno, ya lo era pero todavía no sabía que no era nada más que eso), me costaba hablar de mis tiempos de karateka, porque lo vivía como algo muy conflictivo, como una especie de fracaso horrible.

Me pregunto por qué me costó tanto asumirlo, y creo que tengo una idea de la respuesta.

La Trampa

El ser un señor con gafas me da ahora una perspectiva algo distinta a la que tenía cuando despegaba con un pasajero en unas condiciones meteorológicas peligrosas: en realidad yo no me sentía realizado, sino que estaba totalmente alienado, y me sentía absolutamente insatisfecho y estresado. Mi sensación de estar realizado era falsa. Me había tendido una trampa a mí mismo y había sido tan ingenuo que había caído en ella. Y estaba atrapado. Era una trampa realmente peligrosa, que a mucha gente la mantiene atrapada durante toda su vida, y lo sé porque desde que soy un señor con gafas veo a mi alrededor muchas personas que están apresadas en trampas equivalentes, y no escasean las que terminan su vida sin haber podido escapar. El asunto no es ninguna broma. Déjame que te cuente en qué consistía exactamente la trampa, porque es posible que te ayude a saber si estás tú también en una similar.

Una vez más estaba dejándome seducir por el deseo de tener superpoderes: ahora vuelo, y además vuelo mejor que nadie, porque soy capaz de despegar cuando nadie más puede hacerlo. Por fin soy el mejor, el más hábil, el más intrépido, el que puede estar volando en unas condiciones muy difíciles sin que le tiemble el pulso. Soy superior y por fin puedo mirar a los demás desde arriba (en este caso, literalmente, desde unos metros más arriba en el aire). Y además procuro tener una actitud humilde para que los demás puedan admirarme y decirme lo bien que vuelo, sin que yo muestre externamente cuánto me halaga el que me lo digan. Esta es la parte más visible de la trampa, una parte que es fácil ver desde fuera, por más que el protagonista se empeñe en disimular.

Pero la parte oculta de la trampa es peor: uno realmente está vendido, está alienado. No puede dejar de hacer eso que está haciendo porque se ha vuelto adicto a esa situación, a esos poderes falsos cuyo mantenimiento requiere una constante exposición a situaciones de riesgo (y, en el caso de mis vuelos biplaza, exponer también a otros a esas situaciones, como cuando yo despegaba en condiciones difíciles). De vez en cuando llevaba como pasajera a mi hija, que tenía por entonces nueve años, y recuerdo tres ocasiones en que nos vimos envueltos en incidentes que podrían haber tenido consecuencias fatales; y fatales quiere decir que nos podríamos haber matado los dos. No llegó a pasar nada, pero haciendo una valoración objetiva debo decir que fui un irresponsable al meterme en esas situaciones que tendría que haber evitado.

Por otra parte, y ese es otro aspecto de la trampa, uno está en un estado de ansiedad. Es la misma ansiedad del fumador que quiere dejar de fumar y no puede, la del que tiene que salir al escenario a cantar y está muerto de miedo porque le falta confianza en su voz y sabe que en cualquier momento se le puede escapar un gallo. Yo no disfrutaba el vuelo en parapente, a pesar de que invariablemente todos los fines de semana, si la meteorología era mínimamente aceptable, iba a alguna zona de vuelo.

Era la misma trampa del karate, y lo que me sacó de ella también fue lo mismo: descubrir por fin que en realidad no era un piloto de parapente fuera de serie, sino que mi técnica era en realidad entre flojilla y bastante mala, y no lo digo para autoflagelarme: es un hecho que fui capaz de ver cuando por fin empecé a intentar hacer cosas que realmente permiten reconocer a un buen piloto: aterrizajes de precisión, coger altura aprovechando corrientes ascendentes muy débiles, realizar viajes de muchos kilómetros, etc.

Yo era incapaz de hacer esas cosas, y también descubrí que había muchos otros pilotos que sabían volar tan bien como yo, y algunos mucho mejor, en condiciones duras. Esta comparación con los demás me permitió ver que en realidad yo no era más que un piloto del montón: de la parte media del montón.

Lo de compararse con los demás ya sé que suena fatal; siempre oigo que hay que hacer las cosas sin compararse con nadie, y disfrutándolas tranquilamente. Vale, pero en esos momentos lo que yo buscaba obsesivamente, alienadamente, era precisamente compararme con los demás y ganar. Esa era mi principal motivación, y a la vez mi enorme fuente de alienación, de frustración y de ansiedad.

Así que en vez de replantearme la actividad del parapente, tomármela con más calma, empezar a disfrutarla y relajarme con ella, malvendí todo el equipo y dejé de volar en parapente. Fue horrible, pasé un síndrome de abstinencia tremendo. No exagero: iba por la calle mirando al cielo, mirando las nubes, buscando las ascendencias térmicas, soñaba con volar. Me pregunto qué chifladura o qué venazo me dio. ¿Por qué demonios dejé de volar? Creo vislumbrar la respuesta: estaba empezando a darme cuenta de que el parapente era una trampa; estaba empezando a sospechar que no solo el parapente, sino toda mi vida, era una enorme y pegajosa trampa: estaba empeñado en hacer una cosa detrás de otra para desarrollar poderes raros, para sentirme superior a los demás, para encontrar un estado de inalterabilidad emocional, y una vez tras otra había algo que me sacaba de ella: descubrir que no era nada bueno haciendo eso. Entre el karate, el buceo y el parapente tendría que haberlo aprendido de una vez: nunca iba a encontrar nada que me llevara a tener poderes de ningún tipo.

Pero todavía tuve otro arrebato y volví a montar la trampa una vez más. Me puse a aprender a tocar el piano.

Tocar un instrumento musical es estupendo. Yo toco un poco la guitarra de oído, sin virguerías, y disfruto con ello, porque ya sé que en realidad no tengo ni idea de tocar la guitarra, y no tengo ninguna pretensión de impresionar a nadie. A mí me gusta, a mi hija, con sus pocos añitos, también le gustaba y, según el momento del día, se dormía o aplaudía entusiasmada con la canción del señor don Gato, y eso era (y es) más que suficiente. Pero el piano es otra cosa, y además yo no quería aprenderme cuatro acordes y acompañar de oído algunas canciones infantiles: quería leer de corrido una partitura y tocar a Chopin.

Vale, majo, pues ponte con ello.

Aprender inglés me parece difícil a mi edad, pero es un juego de niños en comparación con el lenguaje musical y con la técnica del piano. Quizá era eso lo que yo necesitaba de una vez por todas: algo que no me diera una falsa impresión de dominarlo cuando en realidad no lo dominaba, porque cada vez estaba más claro que la tarea me superaba completamente.

Y eso que estuve a punto de volver a meterme otra vez de cabeza en la trampa y cerrarla conmigo dentro, porque cuando llevaba tres o cuatro años aprendiendo ya tocaba varias piezas (de memoria, claro, seguía siendo incapaz de leer una partitura a la misma velocidad que tocaba): la Marcha Turca de Mozart, el Para Elisa de Beethoven, y cosas por el estilo, que para el que no sabe tocar parecen difíciles, y se pueden usar para impresionar a los demás porque le gustan a todo el mundo. Pero cuando llevaba cinco años con el piano, un día lo dejé. Sin más. Concretamente el 3 de agosto de 2011. Se acabó. Volví a pasar un horrible síndrome de abstinencia de leer partituras y de tocar teclas, pero esta vez me duró menos. Creo que por fin empecé a perder tensión, ansiedad, necesidad de tener poderes, etc. Todavía no era completamente un señor con gafas, de hecho ni siquiera se me había ocurrido todavía esa posibilidad, pero estaba dando un paso en la dirección correcta. A los 52 años, y después de toda la vida persiguiendo fantasmas, por fin me sentaba a descansar cinco minutos.

Pero estoy exagerando. Mi clarividencia no llegaba a tanto; en realidad seguía igual de alienado en otros aspectos. Uno de ellos me acompañaba además desde hacía casi treinta años, y también conducía a la misma trampa que el conjunto karate-buceo-parapente-piano: la intelectualidad.

Los Estudios

Yo no soy especialmente torpe estudiando. Observa detenidamente esta frase que acabas de leer. ¿Qué quiere decir? Si yo digo que no soy especialmente torpe quiero decir que soy extremadamente listo, ¿no? Quiero decir que estudiar se me da de maravilla, que pillo las cosas a la primera, que destaco en los estudios, que blablablá.

Más adelante tenemos que volver sobre esto, sobre esta forma de decir las cosas al revés para que el lector (o el auditorio) llegue a la conclusión que tú quieres, pero sin faltar a las normas de la modestia. Este lenguaje inverso es algo con lo que hay que ser muy cuidadoso, porque es más peligroso de lo que parece.

Bueno, pues cuando digo que no soy especialmente torpe quiero decir que me siento horriblemente torpe, porque las cosas se me olvidan a los cinco segundos de haberlas estudiado, soy incapaz de recordar nombres, fechas, colores de banderas, palabras en otro idioma, etc.; me confundo constantemente al hacer cálculos y tengo que repasarlos seis veces usando una calculadora; y no estoy exagerando ni siquiera un poquito; lo que pasa es que procuro que no se me note, y tengo mis estrategias para ganar tiempo. Y digo que no soy especialmente torpe, porque me he dado cuenta de que a mucha gente le pasa lo mismo que a mí, lo que ocurre es que todos nos callamos y procuramos disimularlo.

Yo creo que esto me viene desde que era pequeño. Yo faltaba a clase una barbaridad: hacía novillos y me iba a dar vueltas por la calle, y como mis padres hacían como que no lo sabían, o que les daba igual, pues me pasé años de mi infancia y adolescencia deambulando por las calles sin ir a ningún sitio. Me busqué, eso sí, muchos, muchísimos líos, y algunos bastante serios que todavía me ponen los pelos como escarpias, pero en fin.

Estaba en tercero de carrera y todavía aprobaba las asignaturas usando chuletas; bueno, no las aprobaba, porque me quedaban muchísimas asignaturas pendientes. Era un estudiante desastroso.

Y entonces conocí a una chica que me cambió la vida y me convirtió en un buen estudiante. Pero sigamos ahora con los estudios. El caso es que en cuarto, y gracias a que aquella chica me enseñó a sentarme a estudiar, no sé cómo, conseguí aprobar las asignaturas de primero, segundo y tercero que tenía pendientes, y en quinto ya me puse al día y hasta saqué algunas buenas notas.

De pronto descubrí que tenía un cerebro que era capaz de entender y aprender cosas, y empecé a usarlo. Me estudié las oposiciones de Profesor de Educación Secundaria (agregado de instituto, se llamaba en aquella época), y las aprobé, me puse a elaborar mis propios materiales didácticos, porque ningún libro de texto me gustaba lo suficiente, seguí leyendo compulsivamente todo tipo de libros, especialmente los de divulgación científica y los de filosofía oriental (la ciencia ficción y la filosofía occidental fueron decayendo de mis favoritos), y empecé a saber un montón de cosas, a pesar de que memorizar datos me resulta trabajosísimo, pero a fuerza de repetir e insistir me sabía una montaña de nombres científicos de animales y plantas, cosas de geología, de biología, de física, de química…, bueno, me empezó a encantar la física, que siempre me había parecido aborrecible. El cambio en mi mente era espectacular, yo mismo lo notaba y me encontraba como un niño con zapatos nuevos.

Empecé a impartir cursillos para profesores. Las ideas me brotaban como setas: cartografía, física recreativa, geología de España, docenas de cosas interesantes y entretenidas; además se me daba bien explicarlas y tenía habilidad para dibujar en la pizarra, y empecé a tener éxito en eso: cada vez me llamaban de más sitios para dar esos cursos. La lástima es que pagaban bastante poco; imposible hacerse rico con eso, pero como yo tenía ya el trabajo de profe de natu, aquello era más bien una forma de disfrutar que una necesidad para vivir. Me sentía realmente especial, sabio y listo. Estaba como en la cresta de la ola.

Este libro es una porquería, y el autor es un patoso

Joder, vaya palo. Además, quien escribía eso parecía bien informado en todo lo que comentaba (en realidad no sé si en todo, porque no me leí entero el documento de revisión). Hacía algunos comentarios sobre mi estilo con los que no estaba yo de acuerdo, pero el jarro de agua fría no tenía más remedio que tragármelo. Aquel revisor (o revisora, porque era anónimo), tenía básicamente razón. Hice un cálculo rápido: introducir todos esos cambios en la primera unidad me iba a llevar tantos días de trabajo; luego vendrían las correcciones de la segunda unidad, luego las de la tercera…, y a la vez tendría que seguir escribiendo las unidades cuarta, quinta, etc., y además tendría que plantearme cambiar completamente el discurso, los contenidos, la estructura y supongo que algún aspecto más. Y todo eso por la cantidad de dinero, bastante escasa, y en el plazo fijado que ya era limitado de por sí y en el que habría que meter con calzador todas esas tareas adicionales. Imposible. Me fui a la editorial y les dije que hacer ese libro estaba fuera de mi alcance, y ahí se acabó el asunto.

En realidad no se acabó. Más bien empezó ahí, porque esa patada en el culo era lo que yo necesitaba para apearme definitivamente de cualquier pedestal al que hubiera pretendido subirme.

Poco tiempo después de este incidente fue cuando me encontré con mi reflejo en aquel escaparate y caí en la cuenta de que soy un señor con gafas.

Pero la historia tiene todavía otro episodio más, que es anterior a este del libro de geología. Ya podía haberlo contado antes, ¿no? Que no hago más que ir hacia delante y hacia atrás en el tiempo. ¡Qué más da! Ya sé que este relato no tiene ni hilo conductor ni respeta la sucesión cronológica, ni tiene argumento, ni tampoco tiene ni pies ni cabeza, pero no te preocupes de eso y sigue leyendo. Después de todo, el que yo te cuente mi vida es lo de menos, ya verás cómo al final esto tiene algún sentido.

Y ahora déjame contarte ese otro episodio.