LA ESPAÑA FALANGISTA

 

 

 

Rafael Abella

LA ESPAÑA FALANGISTA

 

Un país en blanco y negro

1939-1953

 

 

EDICIÓN DE

David Pallol

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La España falangista

Un país en blanco y negro

1939-1953

 

© 2019, Herederos de Rafael Abella

© 2019, Arzalia Ediciones, S.L.

Calle Zurbano, 85, -1. 28003 Madrid

 

Edición de David Pallol

 

Imagen de la cubierta: © Hermes Pato, Agencia EFE

 

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

 

ISBN: 978-84-17241-43-8

 

 

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico,

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Prólogo

Mi padre, Rafael Abella, desarrolló una intensa y fructífera labor como historiador, en la que supo plasmar la experiencia personal e íntima del tiempo que le tocó vivir. Su llegada al campo de la divulgación histórica se fue cimentando a lo largo de muchos años en los que desarrolló una actividad profesional relacionada inicialmente con el mundo de la química —materia en la que se había licenciado en el prestigioso Instituto Químico de Sarriá, de Barcelona—, y más adelante con la administración y gestión empresarial.

A comienzos de la década de 1940 entabló amistad con Néstor Luján, un destacado intelectual de aquellos años iniciales de la posguerra, que le animó a trasladar a las páginas de la revista Destino sus inquietudes sobre distintos temas culturales; así, durante muchos años, sus colaboraciones aparecieron en este prestigioso medio, al que se añadirían más adelante publicaciones como La Vanguardia, Vida Deportiva, El Noticiero Universal e Historia y Vida, que sirvieron igualmente como plataforma de difusión de sus trabajos.

Esta actividad de divulgación literaria y cultural se interrumpió con motivo de un traslado profesional a Madrid, pero gracias a haber mantenido su relación con el citado Néstor Luján y otros periodistas notables, como Horacio Sáenz Guerrero —director de La Vanguardia—, en 1973 recibió del historiador Edmón Vallés el encargo de escribir, para la editorial Planeta, un libro que describiera la vida cotidiana de los españoles durante la guerra civil, y que lo hiciera desde la óptica, las vivencias y los sufrimientos de quienes residían en la llamada «zona nacional», que abarcaba el territorio adherido a las tropas del General Franco y que fue creciendo a medida que estas ganaban terreno a la República, hasta el final de la contienda, en 1939.

El encargo le obligó durante un tiempo a simultanear su trabajo profesional en el Instituto Farmacológico Latino con las visitas a la Biblioteca Nacional, el Archivo Municipal de Madrid, la Agencia EFE, la Filmoteca Nacional y a cuantas instituciones atesoraban documentación escrita y gráfica de la guerra civil. Por aquellos años yo residía fuera de España, en concreto, en Alemania y Finlandia, y recuerdo que durante mis visitas a Madrid veía a mi padre absolutamente volcado en aquella investigación que, en el fondo, significaba para él recuperar su propia peripecia vital, reencontrarse con la triste realidad de esos tres años, con el terror, la miseria y un futuro plagado de incertidumbres.

Con motivo de esta afortunada recuperación del legado de mi padre, quisiera relatar aquí un episodio relacionado con el proceso de documentación que acompañó aquel primer encargo de la editorial Planeta. En el verano de 1936, Rafael Abella vivía en Barcelona cuando su padre, marino de la Compañia Transatlántica, propuso a su esposa trasladarse con su hijo a La Coruña, para facilitar el reencuentro de la familia a su regreso de sus travesías marítimas, que tenía por destino los puertos de América. Por esta razón, mi padre y su madre, mi abuela Ángeles, llegaron a la capital gallega el 17 de julio de 1936, víspera del alzamiento militar del general Franco contra el Gobierno de la República. Como en otras localidades de España, la ciudad se alineó en pocas horas con las tropas adversas al gobierno. Esta fue la razón de que en La Coruña no se vivieran episodios cruentos que sí fueron habituales en otros puntos del país. Pues bien, durante la preparación del libro, cierto día acompañé a mi padre a la Hemeroteca Municipal, que se encontraba en la plaza de la Villa, y mientras él consultaba diarios de Galicia, yo revisaba ejemplares de la revista Signal. De pronto me llamó para que leyera una pequeña noticia —no recuerdo si de El Correo Gallego o de La Voz de Galicia—, que rezaba así: «Actividad Portuaria: Arribadas del 17 de julio. Descendieron dos personas». Emocionado, me reveló: «¡Éramos mi madre y yo!».

Por el Imperio hacia Dios. Crónica de una posguerra fue uno de los títulos de mi padre que han servido de base para la redacción de este libro que ahora presentamos; apareció en la colección Espejo de España, que con ambición y visión de futuro constituyó un revulsivo para la actualización, revisión y difusión de la historia de la guerra civil, pero desde una óptica nueva, la vivencia de los ciudadanos, dejando al margen el punto de vista de la estrategia militar o el enfoque político y sus consecuencias. La obra le abrió las puertas de la investigación histórica y del mundo editorial; mi padre abandonó definitivamente su actividad profesional, regresó a la ciudad que lo vio nacer, Barcelona, y se incorporó a Planeta como parte de su equipo directivo, tarea que simultaneó con una intensa actividad literaria e histórica.

Este giro en su vida, del que David Pallol se hace eco en el prólogo de esta obra, permitió a mi padre el ejercicio de una actividad literaria libre que inauguró una forma particular de hacer historia; una tarea que le llevó a abordar, junto a la peripecia de nuestra guerra civil y nuestra posguerra, temas tan variados como el duelo, la conquista del oeste, la aviación o la romántica vida de la corte española. Con José Manuel Lara soldó una estrecha relación de colaboración y afecto que se mantuvo hasta la muerte del gran editor catalán. Mi padre le sobrevivió unos años —murió en 2008—.

En mi nombre y en el de mi madre, Mercedes, y mis hermanos, Ángeles y Rafael, agradezco a Ricardo Artola, que fue editor de mi padre en Planeta y ahora emprende su camino en solitario al frente de Arzalia Ediciones, este homenaje a su obra sobre la guerra y la posguerra. Y a David Pallol, que haya querido actualizar la memoria de este episodio de la historia de España, adaptando el lenguaje y el estilo literario a formas más propias de estos tiempos; una adaptación que ha respetado la profundidad, el rigor y el compromiso de Rafael Abella, mi padre, de quien he heredado la vocación literaria, la curiosidad, el amor por la divulgación y por dejar testimonio de su experiencia vital.

 

Carlos Abella

Escritor

 

Introducción

Por el Imperio hacia Dios, crónica de una posguerra fue el libro que, según relata su hijo Carlos, cambió la vida de su padre Rafael Abella, consagrándole como escritor e historiador. Fue uno de los títulos que integraron una colección fundamental para quien quiera conocer mejor un periodo histórico tan controvertido como fue la larga noche del franquismo: la colección Espejo de España, publicada por Planeta a partir de los años setenta del pasado siglo. Una colección prolija, interesante y oportuna que fue producto del momento histórico: la inmediata Transición, cuando se desencadenó —después de años de censura y silencio— una revisión ávida de lo que significó realmente la dictadura, desde una perspectiva rigurosa y crítica.

De esa colección formaron parte otros títulos relevantes que en su día hicieron temblar el misterio: desde Mis conversaciones privadas con Franco, del teniente general Franco Salgado-Araujo a Casi mis memorias, del falangista virado Dionisio Ridruejo; de En busca de José Antonio, del inquisitivo Ian Gibson, a La oposición democrática al franquismo, de Javier Tusell o, ya en tono más frívolo, Yo, Jimmy: Mi vida con los Franco, de Joaquín Giménez-Arnau. Visiones insólitas y chocantes —por novedosas— del franquismo que relataban, en muchos casos, protagonistas de primera fila de la dictadura. La colección abrió brecha con valentía, pero también era reflejo de una demanda: el público respondió muy positivamente y tuvo enorme resonancia y éxito.

No fue un fenómeno aislado: en los albores de la Transición, o quizá sería más acertado decir el «tardofranquismo», hubo una inevitable revisión del régimen periclitado; tal era la curiosidad por desvelar los entresijos de una tiranía que había gobernado con mano férrea a los españoles durante casi cuarenta años, manteniéndolos además en la más absoluta inopia o distorsión burda de la realidad, a través de la censura y las consignas de obligado cumplimiento. En el tardofranquismo, los españoles parecían estar más dispuestos a ir hasta el fondo de la etapa recién superada. Para situarlo en su tiempo, Por el Imperio hacia Dios coincidió con la publicación en fascículos de los Historiciclos: Los forrenta años que Forges dedicó a la posguerra y el franquismo y que también fue un éxito de ventas. Era de esperar: el genial humorista diseccionaba la dictadura viñeta a viñeta, en clave cómica, desdramatizando el horror con sus monigotes, reduciéndolo muchas veces al ridículo y hasta el esperpento. Forges sabía que, con un poco de azúcar, esa píldora tan amarga bajaría mejor. Con Rafael Abella ocurre igual: a la hora de narrar las vicisitudes de la posguerra es exhaustivo —apoyado en una amplia documentación y el testimonio directo— y no hace concesiones: es descarnado y sincero, pero en ningún momento abandona una retranca de fondo característica. Abella nos lo cuenta todo con honestidad y crudeza sin renunciar a un humor sutil, que es quizás la mejor manera de rememorar y evocar todo aquello, porque, de lo contrario, nos acogotaría todo el rato un nudo en la garganta. Al igual que con Forges, ese fue su gran acierto: Abella hacía de notario incisivo de toda una época oscura guiándonos a través de las tinieblas con la luz de su particular sentido del humor, que era una finísima ironía. Ironía que no deja de llevar una sonrisa a tus labios. Aunque sea amarga.

Con la edición de este libro-compendio del corpus literario que Rafael Abella dedicó a la posguerra y la dictadura se le vuelve a poner de actualidad —tan oportunamente como cuando apareció— y se le devuelve a su lugar de honor entre los historiadores especializados en el periodo franquista. Aunque nuestro autor trató también otros temas históricos, fueron sus crónicas de la posguerra española las que le encumbraron en su momento y le han convertido hoy en fuente de consulta indispensable si se quiere conocer e investigar aquel periodo sombrío. Sombras que, por desgracia, parecen también haberle alcanzado a él. Preparando la edición de este libro, he comentado a gente más joven y no tanto lo que estaba haciendo y, al citarle, ninguno le conocía: Abella parece haber caído en el olvido, un destino ingrato y sobre todo injusto con un historiador que fue el primero en narrarnos sin tapujos la verdad doliente de la posguerra y su régimen, con una ironía y una minuciosidad hasta entonces inéditas. Por eso hay que rescatar su figura, porque su aportación al conocimiento de todo aquello fue capital. Hablando de memoria histórica, Abella debe mantenerse siempre bien vivo en ella como referente imprescindible. Con sus libros sobre la posguerra y la dictadura, contribuyó decisivamente a revelar y divulgar lo que de verdad representó ese periodo sórdido y triste de nuestra historia. Especialmente el primero, Por el Imperio hacia Dios, que es el que he tomado como base y fuente principal para estructurar y dar contenido a este proyecto que comprende del año 1939, el de la Victoria, a 1953, que supuso un punto de inflexión del franquismo con la firma del Concordato y de los pactos con Estados Unidos. Ese mismo año se produjo otro acontecimiento que refuerza la idea de cierre de una etapa: la concentración de falangistas en la plaza de la Armería de Madrid ante Franco, en el 17 aniversario de su exaltación a la jefatura de Estado. Con el Partido reducido a comparsa, con una ideología relegada y de la cual solo se repetían sus consignas, se trató de un acto meramente simbólico. En la década de 1950, la Falange quedaría reducida a un ente decorativo y sin ninguna influencia real en la política del país, que empezaba a ser dominada por los miembros de una congregación católica pujante: el Opus Dei.

En los otros títulos que he utilizado, publicados después, vienen a repetirse anécdotas e ideas ya presentadas en su libro fundacional, aunque expuestas y desarrolladas de distinta manera (a menudo con escasas variaciones). Está, para empezar, la edición corregida y aumentada de Por el Imperio hacia Dios: Crónica de la posguerra. 1939-1955, de Ediciones B, que añade un par de capítulos nuevos centrados en la figura de Franco. Otro título: La vida cotidiana bajo el régimen de Franco, de Temas de Hoy, más Anécdotas para después de una guerra. España, 1939-1957, de editorial Planeta. Por último, Los años del No-Do, en colaboración con Gabriel Cardona, publicado por Destino.

Todos ellos han servido para componer este libro integral o libro-compendio, realizado ex novo a partir de una selección de textos de unos y otros —párrafos enteros, fragmentos, a veces solo frases—, en una labor no solo de compilación, sino de auténtica deconstrucción y reconstrucción, desmontaje y vuelta a montar, para reunirlos y agruparlos bajo distintos epígrafes en grandes bloques temáticos.

En el mismo afán por darle al libro un aire nuevo, se ha recurrido para ilustrarlo en su mayor parte a anuncios publicitarios de la época, extraídos casi todos ellos de la revista falangista Vértice, una maravilla del diseño gráfico. Hubo además otra tarea complementaria que también creí conveniente: depurar el lenguaje, podándolo puntualmente de una excesiva hojarasca. La prosa de Rafael —y me parece un recurso magistral— se imbuye conscientemente del estilo retórico de la época, de lo que se podía leer en el Arriba, en los editoriales de Galinsoga en La Vanguardia o de lo que se escuchaba en el NO-DO. Especialmente en Por el Imperio hacia Dios, mi principal referencia. Pese a todo, es una prosa que —para el lector de hoy— resulta en ocasiones demasiado recargada y culterana, de frases alambicadas con exceso de subordinadas y perifollos, por lo que he creído oportuno en algunos casos desbrozarla un poco —o destilarla, o condensarla, como se quiera expresar—, adaptándola a un lenguaje más conciso y a un ritmo de lectura más moderno, buscando una narrativa menos farragosa y un estilo más periodístico, más contundente y directo. Puestos a refrescar la obra de Rafael Abella, había que ir hasta el final. Revitalizar una voz como la suya, en cualquier caso, se hacía muy necesario. Abella fue cronista de excepción de toda una época, y de una irreprochable honestidad intelectual. Siempre, pasen los años que pasen y hasta que nos impacte el meteorito, habrá que recurrir a él para conocer bien un periodo que determinó casi medio siglo de historia de España. Retornando a los años de la Transición, hay que decir que la euforia por desentrañar nuestro pasado más reciente duró poco: años más tarde, gobernando unos, gobernando otros, qué más da, la tendencia se cortó. De cuajo. En su lugar ha aparecido estos últimos años un revisionismo peleón y de brocha gorda que ha enfangado el debate y que no hace sino repetir lo que el relato franquista más cerril e intransigente ya decía en su día. Pero no puede imponerse ese relato, porque sería faltar al respeto de millones de españoles que pasaron todas las penurias y calamidades concebibles, que arrastraron la más penosa de las existencias, que sufrieron resignados y padecieron lo indecible. Los que, con su propio esfuerzo y tesón, a pesar de todas las adversidades, salieron adelante y levantaron el país. Pero no por una cuestión de orgullo patrio, sino de supervivencia. Pura y dura.

Es por esto por lo que me ha parecido oportuno recuperar para este libro la dedicatoria que Rafael Abella utilizó en su libro seminal, Por el Imperio hacia Dios. A día de hoy sigue tan vigente que da escalofríos:

 

A la memoria de mis padres.

 

 

A la de todas las víctimas de las persecuciones, de las privaciones y del hambre de la posguerra.

 

 

A todos los españoles que atravesaron una difícil etapa de nuestra vida colectiva sin contaminarse y con su trabajo esforzado fueron los protagonistas de nuestra reconstrucción.