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IVÁN CANTOS, Madrid, 1967. Estudia pintura, escultura y diseño en la Academia IDE de Madrid. En 1991 recibe la Beca Delfina Studio Trust de Londres, y en 1993 la de la Unión de Artistas Rusos, de Moscú, ganando el premio final de la misma con la performance «El humo de oro».

En 2014 presenta su primera muestra individual en Twin Gallery, Cabezas trocadas, y desde ese año colabora con la galería Ariane C-Y (París). En 2015 participa en las muestras colectivas 1915-2015, una relectura del siglo, incluida en la primera edición del Festival Symphonos, organizado por la Asociación Cultural Entorno Conde Duque. En 2016 expone en el Museo Album Arte de Roma y presenta sus trabajos en la Real Academia de España en Roma.

Anteriormente ha mostrado su obra en exposiciones individuales y colectivas en espacios culturales como el Museo de Zamudio (Bilbao), Standarte (Madrid), Espacio Guides (Madrid), Galería Delfina Studios Trust (Londres), Museo Español de Arte Contemporáneo (Madrid), Casa Central del Pintor (Moscú), así como en la AAF de Londres, Bruselas y Nueva York.

La obra de Iván Cantos forma parte de importantes colecciones privadas tanto españolas como de Londres, Moscú, N.Y., Harrisburg, Bruselas, Roma, Tokio, París, Copenhague, Edimburgo, Sao Paulo y Oporto.

«Cuando él nació, la madre tuvo una fuerte náusea (...). Le habían dicho que un hilo de amor, que ya nunca se rompía, saldría de su boca en forma de besos (…). El amor era natural en todas las madres. Pero el amor no vino nunca».

Cuando alguien llega a este mundo sin amor, está abocado a buscarlo de forma desesperada. En los brazos de un mendigo y drogadicto con ínfulas de conde, en las ubres de una perra, en los delirios de una prostituta de lujo, en el padre que marchó y al que se vuelve. Juan, el protagonista de esta bella, hilarante y emocionante aventura, buscará ese amor como camino de curación «o de consumación», como nos dice el autor, y lo encontrará en una mujer de nombre Soledad y en el hijo de ambos.

Esta es una historia de amor hermosa, desgarradora y tan divertida que se convierte en un homenaje a los maestros del humor de nuestra tradición literaria. Como dice el propio Cantos «amor con picaresca 2.0».

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© De los textos: Iván Cantos

Madrid, 2021

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-92-1

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ePub: booqlab

A mi mujer (Y en ella todas las mujeres)

A mis hijos (Y en ellos todos los hijos).

Yo solo creería en un Dios que supiera bailar.

Friedrich Nietzsche

Y visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen.

Éxodo 20:5

Índice

PRIMERA PARTE

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

SEGUNDA PARTE

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Treinta

Treinta y uno

Treinta y dos

Treinta y tres

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

Treinta y siete

TERCERA PARTE

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

FINAL

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Epílogo (O cómo la vida sigue)

PRIMERA PARTE

 

Uno

Cuando Juan nació, la madre tuvo una fuerte náusea. Ni siquiera el dolor sobrepujó a la oleada de estremecimientos que nacían del centro de su estómago.

La enfermera le presentó al niño, el niño lloraba con los ojos cerrados y tiritaba enseñando unas encías sin dientes.

La madre se quedó mirando un hilillo de sangre anaranjada que cruzaba la barbilla del recién nacido. Pensó: «¡Qué he hecho!». Y sintió cómo se le oprimía el corazón. Le habían dicho que un hilo de amor, que ya nunca se rompía, saldría de su boca en forma de besos; que acogería al niño entre ardorosas nubes imaginarias.

El amor era natural en todas las madres. El amor, el beso, el abrazo... Todo eso llegaría, eso era lo natural. Durante el embarazo, a veces sentía una felicidad que le subía desde el centro del estómago, en un cosquilleo, como una torrentera. Una alegría irracional o absurda la arrastraba de abajo arriba y entonces dejaba lo que estuviera haciendo y se ponía a caminar por la habitación hasta calmarse. Sabía que un exceso de alegría era tan peligroso como esos charcos negros de tristeza en los que frecuentemente metía los pies, cuando la angustia se le agarraba a los tobillos como una ambigua y oscura mano.

El médico le había prevenido contra esas “pasiones”, así las llamaba, “pasiones húmedas”, dijo una vez, causando en ella una cierta sensación de ofensa que se cuidó mucho en ocultar.

Pero el amor no vino nunca. A veces la madre se quedaba en silencio, mirando al niño que dormía respirando quedamente, quizá en otro plano de existencia, soñando en extraños y ajenos espacios infantiles.

Ella lo miraba y no sentía nada, solo una ligera preocupación, sorprendida aún de ver a esa criatura que, de alguna manera extraña, resultaba ser su hijo. Pensaba que aquello parecía también un sueño. Las cosas ocurrían así, sin un verdadero plan, o mejor dicho, un plan absurdo y mal pensado como el de que un niño en casa salvaría el matrimonio. Pero nada había ocurrido según lo esperado. El amor no había llegado y Víctor, su marido, seguía viniendo tarde del trabajo, oliendo a alcohol y a un perfume dulzón y empalagoso que nada podía disimular... Y sus mentiras piadosas..., pero ¿qué era aquello? La muerte de todo; una muerte innoble, ridícula, de otro matrimonio más. Todo era feo, sin gracia, falto de originalidad, porque Víctor era un hombre débil, un niño al que la vida había mimado y no le había obligado a crecer.

¡Qué ridiculez! Pensaba la madre, y se sentía expuesta, desnudada en público por las torpezas de su marido. En boca de todas las amigas del club. Era otra más... Algunas dejaban de ir y simplemente desaparecían.

Ana se despertaba hacia las tres de la madrugada, con ideas brujas que daban vueltas obsesivamente en su cabeza, una y otra vez, y ya no podía dormirse. Encendía la luz de la mesilla, acariciaba con la vista el tejido de seda que cubría las paredes; de un color azulado que hacía aguas como el moaré. El orden, la limpieza... Todo daba una cierta sensación de seguridad. Ella se daba cuenta de que su relación con Víctor había sido una cuestión de circunstancias, no había nada real. Creer en el amor era una ingenuidad. Tocar, abrazar, besar... tenía un lado inquietante; tan real..., tan horriblemente cercano... Había algo incontrolable, animal, que hería, que daba vergüenza. No, una pasión de corto recorrido era algo preferible; al fin y al cabo era algo más artificial, y por tanto más manejable.

El verdadero amor era algo intuitivo, algo peligroso y daba miedo. Todo eso era obvio, pero ¿por qué un hombre educado se ponía a sí mismo y a ella en evidencia? Estaba claro que Víctor no era más que un torpe, un idiota imprudente.

El color de la seda de las paredes rebajaba su ansiedad. Ella había sido educada para entender todas las normas del medio social, y para moverse en ellas como en un ámbito propio. ¡Pero era propio! No importaba el resto. La vida, el miedo a la pobreza y el fracaso, la soledad..., pero no, todo era una máscara, y solo con una máscara puede alguien desenvolverse en el juego.

Un estúpido lujurioso y enamoradizo era como una grieta, una hendidura por la que se colaba el ojo del mundo. Un hombre malo podía cumplir su parte, solo era cuestión de satisfacer su interés, lo cual en la mayoría de los casos era fácil. ¡Pero un necio! Eso era impredecible.

Con amargura, Ana había comprendido que Víctor quería vivir algo real, tener una amante... Pero en ese mundo lo real solo podía cumplirse con mentiras. Ella decidió esperar, dejó al niño al cuidado de Enedia, una leonesa fuerte como un buey, que protestó tímidamente por el uniforme con delantal que fue obligada a llevar, y con el que se encontraba ridícula. Y Ana se dedicó minuciosamente a querer a Víctor, jugando al amor y a la ternura durante un tiempo. Ana se dijo que estaba preparada para cuidar de él, mimarle y quererle durante el resto de su vida. Y perdonar sus frivolidades; ella era suficientemente fuerte y tenía algunas compensaciones.

En una cena, su suegro la había mirado con fijeza y había dicho:

—Ana, en un matrimonio hay uno que tira del carro y otro que va subido en el carro.

Ella lo comprendió, ella lo comprendía todo, lo perdonaba todo, y esperaba, y adquirió ante todos una dolorosa y placentera fama de mujer resistente y abnegada.

 

Dos

En el segundo cumpleaños de Juan ocurrió algo que sorprendió a todos. Se organizó una fiesta de niños en la casa de los abuelos en La Moraleja y se contrató a dos payasos que hicieron una extraña pantomima: el payaso coqueteaba primero con la payasa, le regalaba flores que lanzaban una lluvia de confeti sobre los niños, se besuqueaban cómicamente y un globo con forma de bebé aparecía por arte de magia en los brazos de la payasa, que lo besaba y balanceaba exageradamente ante el alegre palmoteo del público infantil. Luego, ante la sorpresa de todos, ocurrió algo; el globo-bebé se escapó de las manos de la payasa y flotó en el aire, y ascendió sin que nadie pudiera atraparlo. Se dirigió majestuosamente hacia las nubes que se recortaban sobre el cielo azul. Los payasos se miraron aturdidos durante un instante, luego lanzaron más confeti sobre el alborozado público infantil.

Hubo después algunos comentarios sobre lo oportuno del espectáculo. Un hermano de Ana se sentó frente a ella, sostenía entre las piernas un vaso de vino con las dos manos.

—Ana, tienes que hacer algo con eso—le dijo.

Eso. Así se había referido al engaño, a la humillación que Ana llevaba más de dos años soportando. Ella miró en silencio a su hermano y no supo qué decir. ¿Era acaso culpable de algo?

Víctor se acercó sonriente para consultarle algo, pero reculó bruscamente al notar la expresión de odio con la que ella levantó la mirada.

Se dio la vuelta y se alejó extrañado, acaso pensando en que aquella comedia que representaban juntos se hacía cada vez más difícil de continuar.

Una semana más tarde, Ana tuvo mareos y vómitos. Estaba embarazada.

 

Tres

Aquello parecía una broma absurda. De la nada, nada sale, pero eso no valía para el matrimonio. Tan estúpido todo. Cada día tan absurdo como el siguiente. Nadie sabía dar una solución a estas cosas. Luchar por algo tan muerto... No había nada tan acabado. Sin embargo, ella había luchado, y también se había dejado llevar. Había seguido consejos que no habían servido más que para hundirla en ese pozo oscuro, donde se agazapaban la rabia y una repulsión que sintió en toda su crudeza junto a las náuseas del embarazo. Al principio no dijo nada a nadie, estaba solo de dos meses. El secreto le daba una falsa sensación de control. Por las noches rezaba, deseando morir, o que muriera el embrión que le crecía en el vientre. Eso era lo mejor, que muriera y la liberara a ella. Al menos de eso.

Ana se tumbaba en el suelo de su habitación boca abajo, sintiendo el frío del mármol en el estómago... Hacía cosas absurdas... Se daba largos baños de agua muy caliente que le escaldaban la piel. ¿Cómo podía pensar en un aborto? Sabía de otras mujeres que iban a misa y lo habían hecho. Sabía de tantas cosas... Nada era imposible. Dios sabría perdonar, luego ya tendría toda la vida para arrepentirse y castigarse cuanto fuera necesario. Ana ayudaba en la iglesia, y “tenía su cura de confianza”, que sabría arreglar las cuentas con Dios. No lo entendería al principio, pero dejar perder a una mujer tan religiosa, tan valiosa para la fe... No, eso la Iglesia no podía permitírselo. Incluso sintió durante un instante un leve placer por sentirse nueva, por rebelarse y romper las normas. Ser libre. Definitivamente, el catolicismo no respondía a todas las necesidades. La vida era demasiado complicada, la culpa, el arrepentimiento, el castigo eterno, todo era implacable y cruel. ¿Sabía Dios, sabían los sacerdotes —esa clerigalla— lo que era ese miedo, ese dolor...? No lo sabían.

Ana sentía en estas ocasiones una rabia sorda y violenta subir desde el centro del pecho; su educación no servía, todo cambiaba demasiado rápido, se derrumbaba.

El niño nació sano. No lloró, su carita fea y arrugada, que recordaba a la de un viejo, permanecía seria y adusta. Se estuvo muy quieto, mirándola con unos ojos grisáceos que a ella le parecieron llenos de reproche. Había en algún lugar de su frente violácea una marca, un matiz de sombra, algo que quedó como recuerdo de la culpa de la madre. Y en su mente fantasiosa, Ana se convenció de que esa marca existía y estaba allí. Por medio del dolor ella podía abrirse paso a través de las brumas de la insensibilidad y del abandono que la rodeaban.

Los dos hijos se criaron al cuidado de Enedia. El hijo menor, Pablo, encontró en ella un sustitutivo de la madre, pero el mayor no encontró a nadie. Con la llegada a su vida de un hermano pequeño, Juan se encontró en tierra extraña. Él no pertenecía a nadie, y nadie le pertenencia a él, parecía como si un desajuste en la vida, un cambio repentino de dirección, lo hubiera dejado flotando en un espacio ingrávido, aunque, por supuesto, él no tenía la edad ni la madurez aún para entender su situación y simplemente se dejaba ir.

La amante de Víctor hacía llamadas a su casa. No decía nada, luego colgaba el teléfono.

 

Cuatro

Juan aprendió brusca y rápidamente lo que significa el abandono. Era como un barco que se hundía, o un planeta que reventara de pronto, todo el mundo corría de un sitio para otro buscando su arreglo, pero nadie se acordó de ese niño que ya había cumplido ocho años y que desde entonces no tuvo dónde ir. Era como un fantasma, una imagen inquietante, vacía, cuyo sentido no era otra cosa que recordar a otros la culpa y la ausencia. Era lógico que nadie quisiera acogerle, abrazarle, hablar con él, escuchar por si quería decir algo..., pues él mismo había decidido no hablar.

Los veranos iban todos de vacaciones a un pueblo de Segovia donde tenían los abuelos una gran casa. Se escapaba a la menor oportunidad y se le veía con su aspecto de pequeño vagabundo, completamente astroso y sucio, merodear por el bosque cercano o escondido entre la hierba verde resplandeciente, como un gato cazando pájaros. Pero él no cazaba, lo miraba todo con unos ojos pequeños y afilados del color de la madera de castaño que brillaban cuando los rayos del sol caían sobre ellos oblicuamente, entonces se iluminaban como dos cajitas de laca que alguien abriera de par en par. A veces se tendía sobre la hierba y contemplaba el cielo con un semblante serio y como endurecido. La luz solar recogía en las manos de las blancas nubes su corona con todos los matices del arcoíris y el viento bordaba sobre los perfiles de las hojas de los árboles unos remates de hilachas de oro.

Juan se quedaba horas contemplando la naturaleza con silencioso abandono. A veces le invadía una pereza tal que sentía perder la forma humana; se fundía suavemente con la tierra bajo su espalda, y con las hierbas que se transparentaban bajo el acuoso azul del cielo. Deseaba diluirse de una vez, ser lo mismo que observaba a su alrededor, no simplemente verlo. Se sentía como un intruso en el mundo, como si se hubiese colado sin permiso en un jardín.

De una forma incierta y difusa pensaba en la muerte. Si muriera, si se fundiera con las plantas, si se deshiciera en agua y se regara a los pies de los árboles, los rosales y los rododendros, entonces sería invisible, sería nada más que un color, o un olor, sería un agua verde y transparente guardada entre las hojas frescas.

 

Cinco

Como hemos dicho, Juan fue creciendo como una planta que, por un mal acuerdo de la naturaleza, hubiera germinado en medio de una grieta del asfalto.

No gustaba a nadie, y desarrolló un fuerte sentimiento de hostilidad hacia el mundo. Las zonas de la piel que más se rozan se endurecen, pierden sensibilidad, se vuelven feas, porque la fealdad es una de las defensas que presenta la naturaleza humana, así como la belleza es una de sus confianzas. Juan se creía feo y sin talento. Aturullado en medio de la belleza del mundo, se sentía incongruente y descolocado en aquel orden ajeno y hostil. El amor y la fe tienden los puentes sobre las duras zanjas, pero nada de esto sentía él.

Casi podría decirse que se consideraba culpable de haber nacido. La enfermedad de la vida había hecho presa en él y no veía ninguna salida. No se gustaba, y un egoísmo duro y elocuente cavó trincheras en su espíritu. Soñaba que su corazón colgaba de tomizas venas que había que ir cortando una a una para liberarse.

Un día de verano, cuando tenía doce años, se encontró a Lucas, el cocinero de su abuela. Lucas era un joven de unos veintiocho años, de pelo claro, risueño y de ágiles movimientos. Le dijo:

—¡Eh, Juan! Ven a ayudarme.

Juan se acercó curioso.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Vamos a cazar pichones para la cena.

En la buhardilla de la gran casa de campo de los abuelos había un palomar. Juan, algunas veces, en sus vagabundeos, investigaba aquel lugar misterioso. Cuando entraba, bajo aquel techo inclinado, una vaharada de olor caliente y pesado invadía sus narices sucias.

El sol se colaba por las ventanitas de la pared, y el polvo en sustentación semejaba un pequeño cosmos aquietado de microscópicas estrellas que flotaban indiferentes y majestuosas. El aleteo de las palomas asustadas agitaba y perturbaba aquellos velos de luz remansada. El misterio de todo lo que veía ejercía un poderoso y solitario hechizo. Sin saberlo, se desarrollaba en él una astucia que solo aprenden los que caminan sin rumbo. Y a veces creyó intuir una alegría loca, una juguetona risa oculta bajo la reseca tristeza que rodeaba su corazón. Él nunca lo habría expresado así, pues las palabras corazón o amor tenían significados para él repugnantes, de algo pesado y viscoso que embotaba el alma y la dejaba vulnerable y abandonada como una alfombra gastada y vieja.

Deseaba tener algo mal, una enfermedad clara y conspicua, una muerte pegada como espadazo en el costado, porque ¿qué significaba todo ese sufrimiento, y qué mayor fastidio que un dolor sin herida?

Lo único que podía saberse era que aquel dolor se agarraba como un símbolo inamovible, fijado por oscuras fuerzas ancestrales e injustas, plantado misteriosamente y por la noche, sin rasgar la superficie de la piel.

—¡Eh, Juan! ¡Coge ese! —Lucas le señaló un pichón que saltaba sobre la hierba intentando volar. Juan se quedó allí parado en un estado de confusión. Había muchas razones para atrapar aquel pichón. Pero también había razones para no hacerlo. Así que se quedó quieto, siguiendo los torpes movimientos del pájaro, y viendo cómo Lucas se lanzaba sobre él, lo atrapaba y le retorcía el pescuezo. Se oyó un leve crujido.

Lucas atrapó y acogotó varios pichones antes de que reaccionasen. Juan se aburría de la persecución y pensó que aquello no podía estar bien. Al fin y al cabo, esos pichones solo querían emprender su primer vuelo en aquel cielo tan profundo y azul que se recortaba por encima de la sobria y enorme casa de los abuelos. Había en todo el jardín una cierta luminiscencia fría y azulada, casi sin atmósfera. No, aquello no estaba bien.

—¡Anda, Juan! No has cogido ninguno. ¡Torpe!

Lucas se reía mientras metía el cadáver blando de otro pichón en un zurrón que llevaba al costado.

—¡Torpe, anda!

Corrió un par de metros y se agachó, y al incorporarse otro pichón más colgaba de su mano. Juan se olvidó de la escena y se fue de allí.

Aquella tarde, Juan entró en el cuarto de Lucas y robó un fajo de billetes de su mesilla. Alguien lo vio salir por la ventana y lo comentó después.

El tío Antonio, preocupado, habló con la abuela, que estaba en el jardín oreándose el cáncer de garganta que crecía silenciosamente desde hacía tres años. Estaba acompañada de Tito, un loro gris que contemplaba el mundo con severidad, encaramado en su percha.

La abuela llevaba un vestido gris marengo, y un pañuelo de seda le cubría el bulto violáceo a un costado del cuello. El loro, que sufría una fuerte neurosis, se arrancaba las plumas con el pico furiosamente, y ya tenía algunas calvas que le daban un aspecto algo triste y melancólico. Sabía decir: «¡Viva España!, ¡viva el vino!», y soltaba de vez en cuando una terrible blasfemia que le había enseñado un tío de Juan, alcohólico y algo tarambana, que solo servía para la caza y la pesca cuando estaba sobrio. El loro Tito sabía también silbar partes de algunos antiguos cuplés de Celia Gámez, pero nada de esto hacía delante de la abuela, por miedo a acabar como los pobres pichones y ser guisado para la cena.

La abuela mandó llamar a Juan ante su presencia. Lo encontraron vagabundeando por la zona con un par de ranas en los bolsillos, ocupado en ocultar sus cabecitas cada vez que los batracios intentaban desesperadamente escapar. Tenía pensado alojarlas en un cubo con agua y quedárselas como mascotas.

—Juan, ve a ver a la abuela que te espera en el jardín.

Él obedeció, temiéndose algo malo, pues ella nunca había mostrado el más mínimo interés por su infantil persona.

La escena le impuso; ella estaba sentada en una silla con un gran respaldo circular, de mimbre pintado de blanco.

Bajo los pinares del jardín, a su lado, había una mesa en la que alguien había puesto un jarrón de rosas naranjas que llameaban cuando un rayo de sol se colaba por entre la ramas que se mecían al viento pausadamente. El loro, que odiaba a Juan por algunas bromas pasadas, se arrancaba rencorosamente una pluma y la dejaba caer con desprecio, vigilando al niño. Juan se acercó a la anciana arrastrando los pies; algo malo se temía, y podía ser que en su conciencia hubiera algún pecado que hasta entonces él creía a buen recaudo.

La abuela lo miró de arriba a abajo en silencio durante un momento, haciendo que la incomodidad del niño aumentara. El loro pareció respaldar con su silencio el callado reproche de ella.

—¿Has visto cómo estás?

Juan miraba al suelo; no supo a qué se refería.

—De sucio, ¿has visto cómo estás de sucio? Pareces un mendigo —espetó ella.

Él, sorprendido, se miraba las ropas. No podía negar que estaba muy sucio y sus harapos, que habían tenido un más que decente aspecto aquella mañana, estaban bastante estropeados a esas alturas del día.

Se hizo otro silencio. Juan, que tenía ganas de salir corriendo, sostuvo valerosamente la retadora y torva mirada de Tito. Ese maldito loro mal hablado y blasfemo disimulaba muy bien sus malas artes delante de la anciana. Juan pensó en delatarle ante ella, pero entendió rápidamente que eso no cambiaría las cosas, así que permaneció en su tozudo mutismo.

—Has robado el sueldo de un empleado de esta casa. ¿Es eso cierto?

Juan sintió que un escalofrío reptaba por su espalda, y sus andrajos se estremecieron ligeramente; había sido atrapado, y su hurto estaba a la vista de todos. Se ruborizó y tuvo otra vez ganas de salir a escape.

—Eso es un delito, Juan, un delito. —Lo repitió marcando las sílabas—. Tendrás que devolver todo lo que has quitado, y que sepas que vas a tener un castigo. Hablaré con tu madre —concluyó la anciana.

Intentó defenderse, pero no había excusa, nada se le ocurrió decir en su descargo. Se limitó a clavar su mirada en Tito, y se figuró que el maldito animal le hacía un mueca de burla.

A un gesto con la mano de ella, Juan se dio la vuelta y corrió deseando que se lo tragase la tierra.

Más tarde cogió el fajo de billetes robados de debajo de su almohada y fue a devolverlo.

Sentía que algo había cambiado, él no tenía ni idea del significado de las palabras delito o delincuente, pero intuyó que el castigo que le esperaba sería algo grande.

 

Seis

El tiempo corrió deprisa, Víctor se sentía cada vez más desgraciado, preso en un matrimonio ya seco y amargo, en el que los reproches se iban silenciando y un rencor envenenado y una violencia helada aumentaban.

Un día alguien, una voz de mujer, llamó por teléfono a Ana y entre insultos horribles le dijo lo que ya sabía, que su marido la engañaba desde hacía mucho tiempo.

Ella esperó a que Víctor volviera del trabajo. Ana se dejó ir, toda la rabia y el odio acumulados, todo el veneno y las humillaciones salieron a borbotones como una riada oscura por la grieta de un dique. Le echó de casa y él se fue sin decir una palabra, no pudo evitar pensar que en parte todo aquello era una oportunidad de librarse de aquel yugo sin tener que tomar él la responsabilidad de la decisión. No pudo pensar en otra cosa, al fin y al cabo encontrarse la maleta en la puerta era algo que esperaba desde hacía ya un tiempo.

Nada le importó entonces dejar de respirar ese aire mefítico, pesado y agobiante que emanaba de aquel piso.

Los hijos se quedaron con ella, la Iglesia, bien pagada, anuló el matrimonio. Pero en aquella casa se quedó Juan, que a ella, inconsciente e inevitablemente, le recordaba a Víctor. Físicamente parecido, era aún más semejante a esa personalidad del padre; irrelevante, irresponsable y egoísta.

Ana, que sintió alivio al verse emancipada del papel de mártir del matrimonio, descubrió también la libertad en su rabia. Y descargó con frecuencia su ira sobre el preferido del padre, ese aprendiz de lobo, insensato y veleidoso como él.

Ana llegaba alguna vez a los puños y a las patadas con Juan, sin poder refrenarse, luego sentía una culpa que era como un cuchillo y que había que lavar en el confesionario, pero él crecía, y una vez levantó la mano a su madre.

—¿A tu madre? —le gritó ella, horrorizada—. ¿A tu madre le levantas la mano?

Pero no volvió a pegarle. Bruscamente su violencia física se tornó en psicológica contra aquel chico imposible que se rebelaba cada vez más.

Juan, de una forma paulatina e inconsciente, se envolvió en una cerrazón más retadora que lo situó en el papel de delincuente al que había que excluir. Al fin y al cabo, ese era su papel en el mundo, fue marcado como el personaje indeseable, el marginal que debe vagar en las tinieblas exteriores. Sin pretenderlo, alguien así aglutinaba el orden en la familia, porque la retaba y servía como objeto de expiación. La madre se sentía culpable de no haber deseado que el hijo menor naciera porque su matrimonio por aquel entonces ya estaba roto. Se volcó con Pablo, y desarrolló un fuerte e irrompible vínculo con él, como si no pudiera hacer otra cosa que cuidar de su verdadero hijo, el bueno, mientras castigaba al otro, el malo. De nuevo, aquella dualidad católica.

Además, el hijo pequeño era contentadizo, sumiso y procuraba evitar los enfrentamientos; Pablo huía de los conflictos y disgustos. Pero el mayor solo quería escapar y esconderse, y era alocado, impredecible; se hizo cada vez más incontrolable y la situación se complicaba por momentos.

La abuela, que veía ya su final, se decidió a hablar con la hija. Paseaban junto a unas moreras que crecían sobre un regato pequeño a la vera del camino que salía del jardín. El cáncer de garganta seguía creciendo a un costado del cuello, pero la anciana, mujer fuerte, aún sacaba energías para dar breves paseos.

—¿Qué vas a hacer con ese chico tuyo?

—No es responsabilidad tuya —respondió Ana.

—Entre todos vais a acabar conmigo. Me preocupa, yo... No me queda mucho tiempo.

Ana reaccionaba agresivamente cuando le hablaban del tema.

—¿Qué puedo hacer? —gruñó—. Es malo, no es como el pequeño. No estudia, saca malas notas, se rebela en todo, lo lía todo... Desaparece por la mañana y no vuelve hasta la noche muy sucio... Y sin decir nada se va a la cama directamente.

—Roba —recordó la abuela frunciendo los labios.

—Roba —concedió la hija—. Ayer apareció por la tarde... Parecía un desenterrado.

Caminaron un rato en silencio, como meditando sobre aquel problema. Se echaba la tarde encima y las golondrinas hacían efímeros dibujos en el aire. El anochecer extendía una gasa de un tono levemente rosáceo sobre los oscuros bosques que cubrían las faldas de las montañas que se veían más allá del jardín. A pesar de lo avanzado de la tarde, discurría una brisa fresca y el olor resinoso de los pinos se extendía por el aire con el mecer de las ramas.

—¿Qué piensas hacer?

—¿Qué puedo hacer? —respondió Ana casi al unísono—. Es incontrolable, no se enfrenta, no dice nada; solo se queda mirando muy serio y se va.

—Es como el tío Manolo —apuntó la vieja casi en un murmullo.

Ana se volvió a quedar en silencio, reflexionando sobre esas últimas palabras.

—El tío Manolo... No... No es el mismo caso —espetó barriendo el aire con la mano.

—Es peor... Casos así deben ser cortados de raíz porque al final destruyen a las familias.

Ana no pudo evitar pensar que en la suya no quedaba mucho que no hubiera sido ya totalmente destruido o contaminado, algo que no hubiera sido invadido por lo que ella se figuraba como una suerte de riada, densa y oscura.

Pero se cuidó mucho de no decir nada.

El tío Manolo. Ella lo recordaba levemente. Saltaba a su memoria un hombre joven de pelo claro, de regular tamaño, siempre vestido con elegancia, hacía trucos de magia en las fiestas de Navidad y ella los veía fascinada. Había muerto hacía muchos años, cuando Ana era una niña, en extrañas circunstancias. Él tendría unos treinta y dos años. Alcoholizado, acosado por sus hermanos, que lo despreciaban abiertamente por ciertas cosas, costumbres de las que no se hablaba jamás, aunque Ana siempre había sospechado que eran ciertas algunas alusiones que se decían a media voz sobre su homosexualidad, y algunos escándalos que el padre había tapado con dinero.

Cuando murió el tío Manolo se ocultó todo bajo la tierra, se plantó un manto de hierba encima y no se habló más del asunto.

Ana casi dio un respingo con aquella alusión de su madre al tío Manolo. Sacarlo ahora a colación, precisamente ahora para comparar... No, definitivamente eran casos distintos. Ella sospechaba que no era justa con él, que le hacía pagar cosas que no eran suyas, todo eso lo sabía, pero no podía evitarlo. Habían destrozado su vida y no, no podía evitar algunas cosas que hacía cuando la rabia se le iba de las manos, cuando se entregaba a destruir ese espejo del padre que era el hijo, eso era absolutamente inevitable, así que alguien tenía que pagar, que servirle de sacrificio para exorcizar el propio dolor. Un dolor curaba el otro, y descubrió que lo hacía de una forma que procuraba un secreto placer al que no podía renunciar.

Un día la madre se llevó a su hijo a la iglesia del pueblo. No era la hora de la eucaristía, así que se sentaron los dos en silencio frente al altar. La iglesia era grande y Juan se sentía algo sobrecogido en aquel escenario recargado.

Ana le dijo:

—Voy a confesarme, quédate aquí. —Se levantó del banco y se retiró por detrás de una de las enormes columnas que separaban las naves laterales de la central. Juan se aburrió muy pronto y se puso a pasear por las capillas que salían a los lados del edificio, como apéndices de un inmenso animal.

Entró en una de ellas y se detuvo frente a un enorme cuadro que colgaba sostenido por un pesado y barroco marco cargado de giros y volutas. La pintura representaba a un joven al que otros hombres, algo mayores que él, habían dejado casi desnudo y parecían dispuestos a echarlo a un pozo situado en medio de todos ellos. Al fondo se veía un frío cielo en el que una inminente tormenta estremecía las pesadas nubes oscuras. Sobre la rama de un árbol un cuervo presenciaba la escena y abajo, en el suelo, un perrillo ladraba al chico medio desnudo, solo ante sus enemigos. De pronto, Juan se dio cuenta de que no estaba solo, se giró y encontró a su lado a un curita delgado y enjuto que contemplaba el cuadro junto a él. Se había acercado tan silenciosamente que Juan no había podido percatarse de ello y tuvo un pequeño sobresalto. El curita, sin mirarle, musitó:

—Es un hermoso cuadro, ¿verdad? Me gusta que los jóvenes os intereséis por el arte. Representa a José y sus hermanos y fue pintado en 1615 por el Maestro de la pasión del Señor, un artista misterioso, no se le conoce la autoría de ningún otro cuadro aparte de este. Raro. ¿No?

Luego el buen sacerdote se quedó callado, contemplando extasiado aquel cuadro que parecía conocer muy bien. Juan salió de la capilla y volvió donde había estado sentado antes. Su madre le esperaba arrodillada y cuando se sentó a su lado se incorporó y le dijo al oído:

—He hablado a mi confesor sobre ti, me ha dicho que a un monstruo como tú debo quitármelo cuanto antes de encima.

Juan no dijo nada, ni siquiera reaccionó, solo supo que no olvidaría esas palabras por muchos años que viviera.

 

Siete