Las grandes cosas, con intentarlas basta

PROPERCIO

1  El nacimiento de un científico

SÓLO hay dos trabajos extremadamente peligrosos en el mundo: domador de serpientes e investigador científico. El riesgo de la primera actividad es comprensible; quien haya intentado domesticar a una boa constrictor sabe de lo que hablo. Sólo le supera en riesgo la labor del científico; hay más peligros en esos “tranquilos” laboratorios que en cualquier otro lugar, si no pregúntenselo al matrimonio Curie, descubridores de la radio actividad cuyos cuerpos fluorescentes todavía resplandecen en el cementerio de París, o al doctor Spellman, primer fusionador de átomos, que en su última prueba se fusionó por completo; lo único que se pudo rescatar de su persona fue un monóculo (al que levantaron un monumento en su pueblo natal de Liezen, Austria).

Los científicos e investigadores no siempre están encerrados, también organizan intrépidas expediciones para comprobar sus revolucionarias hipótesis: pocos saben que Darwin, antes de elaborar la teoría de la evolución de las especies, pasó una temporada en las islas Galápagos donde, entre otras cosas, luchó con una tribu caníbal, peleó con un ejército de monos hidrofóbicos y tuvo tres ataques de malaria consecutivos. Aventuras nada despreciables para un tímido profesor de biología de Shrewsbury.

Yo personalmente conozco todos los riesgos de esta profesión: fui investigador y ahora vivo en un hospital. Mis expediciones me han dañado gravemente, tengo por lo menos trescientas heridas en el cuerpo, por cabello me queda un mechón chamuscado, y mi piel está literalmente hervida; el proceso de recuperación ha sido largo, como armar un rompecabezas: pegando un hueso por aquí, reconstruyendo la mandíbula con alambre por acá… cerrando huecos donde no debe de haber y abriendo otros donde si deberían existir.

Pero no me arrepiento de nada, y volvería a hacer mis investigaciones una y otra vez.

Llegué aquí luego de que me encontrara, flotando en medio del océano Pacífico, un bote pesquero. Estaban a punto de mandarme al depósito de basura cuando se dieron cuenta de que tenía vida; en mi delirio comencé a hablar en una mezcla de nueve idiomas, desde entonces nadie ha sabido a qué país pertenezco, no los culpo, en realidad no tengo nacionalidad. Como buen investigador mis orígenes son misteriosos y un poco confusos. Yo mismo desconozco el lugar exacto de mi nacimiento, lo único que sé es que nací en alguna isla del Pacífico Sur.

Pero vamos por partes. Me llamo Rudolph Green, mi padre fue el norteamericano Henry Green, famoso investigador de tribus caníbales de Indonesia, y mi madre fue Irina Königsberg, una simpática cocinera ruso-polaca. No fueron un matrimonio convencional, su luna de miel la celebraron con una expedición en la selva. En medio de su viaje descubrieron a unos aborígenes blancos, descendientes de unos exploradores holandeses, que desde 1649 vivían en los túneles subterráneos de Waitomo, Nueva Zelanda; también pasaron una temporada sobre los pueblos flotantes que rodeaban a la isla de Nauru; en las islas Molucas se tatuaron la espalda con dibujos de estrellas; y casi al final de su viaje nupcial (que duró cinco años) tuvo lugar mi nacimiento, en algún lugar comprendido entre Java y Samoa.

Mi padre, siempre interesado en darme formación científica, me enseñó a leer a los tres años con un atlas, me regaló su colección de insectos y me hizo todo un especialista en hongos. Mi madre, por su lado, me reveló los secretos de la cocina y me enseñó buena parte de los idiomas que hablaba.

Para fortalecer mi carácter y ampliar mis conocimientos, contrataron a dos nanas descendientes de la tribu de los mbotogotes provenientes de la isla de Malekula: Nubu y Obum eran mujeres pequeñas, de cabello rizado y plácida apariencia. Entre canciones de cuna y cuentos me relataron escalofriantes costumbres de su tribu, como las ceremonias funerarias en las que cortan la cabeza a los muertos para luego colocarle un cuerpo de madera. Además de sus antepasados, el máximo orgullo de mis nanas era tener collares hechos con colmillos de cerdo salvaje.

Tal vez por eso no tengo miedo de nada y aprendí a ver las cosas más extrañas como cuentos de cuna, lo que me ayudó a templarme el carácter y a sobrellevar las desgracias que se avecinaban. A los siete años quedé prácticamente huérfano. Mi padre desapareció después de internarse en las tupidas selvas de Borneo, iba en busca de los dayaks, famosos cazadores de cabezas, y no se le volvió a ver; seguramente se convirtió en el trofeo de algún cazador.

Mi madre, al enterarse de su desaparición, llena de deudas, se alistó como cocinera en un barco ballenero que partía a la Antártida; tampoco volví a saber de ella, parece que el barco se atascó en una tormenta de nieve y quedó atrapado dentro de un enorme trozo de hielo.

Con la desaparición de mis padres mi vida cambió drásticamente, el gobierno de Papúa-Nueva Guinea me envió a un pensionado para huérfanos: el Orphanage St. George era una casita típicamente inglesa en medio de un paisaje selvático. No fui bienvenido por los demás niños, mi aspecto rústico y mis maneras semisalvajes infundían temor.

Que yo recuerde no tuve amigos, cosa que no me importó, yo quería ser investigador, era lo único que realmente me interesaba. A la edad de ocho años, mientras los demás niños piensan en juegos, yo estaba ocupado estudiando todo sobre los coleópteros y botánica, y en la pubertad, cuando los demás iniciaron sus noviazgos, yo me dedicaba a aprender más idiomas ayudado por unos populares cursos de gramófono llamados World On, que venían acompañados de cuadernos de fonografía o pronunciación simulada. Pronto me hice experto en entomología, idiomas, formación de minerales, cría de gansos, además de cocinar unas excelentes anguilas rellenas de queso. A los quince años, con bastantes conocimientos (algo desordenados, lo confieso), entré a trabajar en la Universidad de Port Moresby. Entre otras cosas limpiaba los laboratorios de química, preparaba la sopa del comedor y hacía traducciones. Con el sueldo de los tres trabajos, tenía pensado comprar un bote de motor para cruzar el mar, o de perdida hacerme con un buen microscopio para estudiar tejidos celulares.

Físicamente, no era un chico especialmente interesante, era flaco, muy pequeño, algo encorvado, seguramente por el peso de tantas ideas que apenas me cabían en la cabeza. Deseaba cuanto antes hacer un descubrimiento o iniciar una aventura emocionante.

No tuve que esperar mucho, la aventura que transformó mi vida llegó a mí en menos tiempo de lo que pude imaginar.

Me encontraba trabajando como todas las tardes en el departamento de idiomas de la universidad cuando un empleado me avisó que tenía una llamada telefónica urgente.

—Parece que es de un famoso periódico —recalcó.

Dejé a un lado el manual que estaba traduciendo y contesté. Efectivamente, se trataba del editor en jefe del Pacific Sun, un conocido periódico de notas sensacionalistas. Al principio reaccionó con un poco de desconcierto cuando escuchó mi voz.

—¿Tú eres el mejor traductor de la universidad? —preguntó receloso.

—Sí…

—¿Qué edad tienes?

—Quince años, señor…

—Hum, muy joven, ¿y en verdad hablas varios idiomas?

—Once idiomas, cuatro dialectos y tres lenguas muertas —dije sin falsas modestias, pues mi trabajo me había costado aprenderlos.

Esto impresionó favorablemente al editor.

—¿Un chico listo, eh? Dime… ¿podrías traducir algo en símbolos, digamos jeroglíficos…?

—Puedo intentarlo, señor, conozco varios alfabetos, escritura cuneiforme, pictográfica, claro, tendría que estudiar algunos ideogramas o ver de qué clase de criptograma se trata.

—Creo que eres el indicado —dijo ya sin ninguna duda—. Será algo rápido y muy interesante, ya verás… ¿Qué te parece mañana a esta hora?

—De acuerdo.

Colgó Sinceramente, yo no presté demasiada atención, tanto misterio me daba mala espina, además los periódicos sensacionalistas nunca son de fiar.

Al otro día el departamento de idiomas de la universidad se encontraba lleno de visitantes, fotógrafos, periodistas, cámaras de cine, y en medio de todo aquel barullo estaba un hombrecillo regordete, era el editor. Nos saludamos y entramos a mi cubículo. De inmediato sacó una caja pequeña.

—Ésta es la mayor noticia desde el descubrimiento de las ruinas de Troya.

—Todavía no las descubren, señor —le aclaré.

—Sí, claro, pero cuando las descubran, será como esto.

Abrió la caja cuidadosamente y, como si se tratara de un gran tesoro, sacó una latita oxidada, no mayor que la palma de su mano, la abrió y del interior extrajo una especie de rollo de papel café oscuro que puso cuidadosamente sobre la mesa como si fuera el testamento de Cleopatra.

En mi absoluta ignorancia miré por encima el papel sin poder imaginar qué cosa era aquello,

—¿No es impresionante? —preguntó el hombre, emocionado— ¡Y tú tienes la suerte de traducirlo!

—¿Pero qué es esto?

El hombrecillo me miró como si hubiera dicho una blasfemia.

—¿No has leído el periódico?

Con mucha pena tuve que decirle que nunca había leído su periódico; el editor no pudo ocultar cierta molestia.

—Deberías hacerlo —dijo en tono de regaño—, el mensaje de la lata lleva un mes en primera plana, es internacionalmente famoso.

¿Así que era un mensaje? Lo examiné con más calma… Efectivamente tenía las letras muy borrosas y el papel estaba lleno de manchas de aceite y mugre mineral. Para traducirlo tendría primero que lavar químicamente el papel.

—¿De dónde lo sacaron? —pregunté interesado más bien por los hongos que invadían el pergamino.

—Del mar, por supuesto.

Lo miré más confundido, respondió en tono confidencial:

—Lo encontraron en el “Mercado del Desperdicio”.

En ese momento no lo sabía, pero me encontraba frente a una de las historias más curiosas de los últimos años. Si hubiera prestado un poco más de atención a los puestos de periódico, al radio o a las pláticas del comedor, me hubiera enterado de la historia del mensaje enlatado. Era verdaderamente curiosa, ocurrió más o menos así:

En el extremo norte de Nueva Guinea se encuentra un poblado costero llamado Hau, en ese tiempo no era un lugar importante (ahora tampoco lo es), ni siquiera aparecía en ciertos mapas. Hau era un conjunto de casas de carrizo unidas con lodo seco y techos de palma; lo único realmente peculiar de ese pueblucho era su mercado de fin de semana, el famoso “Mercado del Desperdicio” (catalogado después por el National Geographic como una de las nueve maravillas del mundo desconocido). Ahí se podían encontrar todos los alimentos imaginables, desde arenques ahumados hasta caviar ruso, champán, quesos (de doscientas variedades), mermelada de grosella, jamones y todo tipo de embutidos, sardinas, jugo de uva, leche condensada, mantequilla, dulces de azúcar… y además todo a precio de risa; un saco de arroz costaba lo mismo que un timbre postal.

Los alimentos eran baratos por una sencilla razón: se trataba de desperdicios provenientes de las cocinas de barcos, yates, cruceros y una que otra nave militar. Todas estas embarcaciones al hacer limpieza de sus alacenas tiraban al mar lo que no servía, lo que no gustaba a la tripulación o lo que ya estaba caduco (en aquel tiempo no se tomaba muy en serio la ecología).

Los “pescadores del desperdicio” salían por la madrugada para capturar el cardumen de botes de manteca, cajas de conservas y frascos de jalea que flotaban en medio del mar.

Como es de suponer, comprar en el “Mercado del Desperdicio” tenía sus riesgos: en cierta ocasión a un hombre le explotó un frasco de zarzamoras en almíbar (se trataba de una bomba de la primera guerra mundial que no tuvo demasiado éxito). También se comentaba el caso de la familia que encontró un dedo en una salchicha tipo vienés, o aquella historia en la que dos mujeres se quedaron sin dientes al tratar de comer un pastel petrificado (que seguramente era de los que sobraron al celebrar la desocupación británica en 1906).

Pero todos estos eran casos excepcionales; lo más común era que la comida estuviera ligeramente ácida o consumida por hongos. Pero, por esos precios, nadie podía protestar; aunque saliera algo verdaderamente incomible como una bomba, un dedo, un pastel petrificado o un mensaje secreto.

El mensaje apareció en una lata de puré de tomate, al menos eso parecía por el dibujo que tenía en la parte superior (aunque también podía ser una manzana). La lata no tenía ni nombre, ni país de origen o fecha de fabricación. Una pobre viuda compró la lata, junto con una bolsa de panecillos duros y un paquete de garbanzos; con eso bastaba para dar de comer a sus ocho hijos. La mujer era experta en calentar los panes a vapor para aflojarlos un poco, también sabía identificar los garbanzos agusanados, y estaba al tanto de las sorpresas que podía darle una lata; pero nunca se imaginó que al abrirla encontraría un pergamino.

El mensaje estaba envuelto cuidadosamente en una bolsa de papel encerado y flotaba en un caldo de gasolina. La viuda ni siquiera tuvo el ánimo de revisarlo, se dirigió furiosa al mercado, y aunque amenazó con denunciarlos no le regresaron su dinero (por política de la empresa, no había devoluciones). Finalmente, y sólo por lástima, le dieron una latita de garbanzos y el asunto quedó resuelto.

El caso del papel enlatado pasó a ser otro de los cuentos del mercado, no era tan dramático como una bomba o tan siniestro como unos dedos; pero a falta de alguna novedad cierta mañana llegaron a la casa de la mujer dos reporteros del Pacific Sun. En realidad sólo querían tomar unas fotografías al papel para la sección de curiosidades de la edición dominical. Eran dos jóvenes reporteros, un poco fastidiados de haber hecho el viaje sólo para una foto; sin embargo, al revisar el pergamino se dieron cuenta de que estaba cubierto por una letra pequeña y deslavada, el texto abarcaba una esquina y lo acompañaba una serie de indicaciones y dibujos. Los reporteros, emocionados con su descubrimiento, le compraron el papel a la viuda.

El reportaje se publicó al día siguiente con el título de El manuscrito de la lata de tomate, y tuvo una fabulosa recepción por parte de los lectores; de inmediato se hicieron decenas de hipótesis acerca del significado del mensaje. Había quien aseguraba que era el mapa de la Atlántida, otros opinaban que era la receta de algún hechizo demoníaco. Al mercado le favoreció estupendamente el reportaje, las latas de salsa de tomate subieron vertiginosamente de precio; los compradores se amontonaban para arrebatarse una latita con la esperanza de encontrar otro mensaje secreto. Pero nadie encontró nada más que puré de tomate; un hombre aseguró haber hallado en una lata dos broches para el cabello, pero al periódico no le interesó su testimonio.

A esta altura de la historia es cuando yo hago mi entrada. El editor, decidido a acabar con el enigma (o a engrandecerlo más), habló a la universidad para contratar a su mejor traductor (o sea yo), y de esta manera retomo mi punto de partida, cuando el editor me visitó para entregarme su tesoro.

—¿Cuánto crees que tardes en traducirlo?

—No lo sé… tengo que limpiarlo primero… luego todo depende del tipo de mensaje, puede llevarme hasta una semana.

—De acuerdo, de todos modos voy a dejar gente del periódico en la universidad para que siga el proceso, si descubres algo me mandas avisar de inmediato.

—Sí, señor.

Luego de entregarme la vieja lata, me dio un fuerte abrazo.

—Tú eres mi esperanza—suspiró visiblemente emocionado— seremos famosos, la historia nos espera, nuestros nombres se repetirán a lo largo de las generaciones.

Se despidió con los ojos húmedos; pero no me quedé solo, efectivamente había dejado a sus reporteros guardianes, a un fotógrafo que no dejaba de sacarme fotos hasta que le pedí que se saliera porque me empezaba a doler la cabeza con los flashes, además había algunos profesores y estudiantes. Mi cubículo era en ese momento la máxima atracción de toda la universidad.

Limpiar el pergamino con benzal, milímetro por milímetro, fue una tarea lenta y minuciosa, luego de cinco horas algunos reporteros y visitantes se aburrieron y decidieron salir al pasillo para fumar o comer algún bocadillo.

Tardé aproximadamente otras cuatro horas en desinfectar el pergamino. Durante el proceso, el mensaje se fue aclarando poco a poco: aparecieron más letras en el extremo derecho y el mapa se definió perfectamente.

Ya tenía preparados en mi escritorio los diccionarios de símbolos, jeroglíficos y lenguas perdidas. Pero en realidad no los necesité porque al terminar la limpieza pude hacer de inmediato la traducción a simple vista; el mensaje consistía en una temblorosa letra manuscrita que decía en italiano:

Le consiglio di visitare la biblioteca romana di questa via e chiedere…

O sea:

Le recomiendo visitar la biblioteca romana de esta calle y pedir…

Eso era todo.

Quien se quedó verdaderamente pasmado fue el editor cuando llegó con retraso, dos horas más tarde, pues había estado cenando con un grupo de productores japoneses para venderles la idea de hacer una película.

—¿Estás seguro de que eso dice?

—Segurísimo, no son símbolos, es mala letra, puede usted leerla.

Se acercó al papel recién lavado, había hecho una amplificación fotográfica del mensaje y de cada una de las letras, el editor las revisó detenidamente, no había engaño. Pude ver la desilusión en su rechoncha cara; de pronto la esperanza de inmortalidad se desvanecía ante sus ojos.

—Bueno, de todos modos es extraordinario —dijo el hombre, intentando darse ánimos como buen periodista—, una hermosa campaña para la lectura, original, insólita… aunque hubiera deseado, ya sabes, otra cosa, más espectacular… en fin, no siempre se gana.

Me dio una pequeña suma como pago de mis servicios, aunque me pareció excesiva, puesto que yo no había hecho un gran esfuerzo.

Cuando se fue toda la comitiva, el departamento de idiomas de la universidad volvió a estar tan vacio como de costumbre.

Esa misma semana se publicó el último reportaje del mensaje enlatado; describía con muchas licencias poéticas el proceso de limpieza (asegurando que el papel tenía hongos milenarios); había una foto de mi persona en la cual se leía: “Rudolph Green, joven traductor, genio que habla y escribe en cien idiomas.”

Pero ni siquiera las exageraciones pudieron detener !a desilusión de los lectores ante la ineludible verdad: ¡Tanto alboroto por una propaganda turística para visitar las bibliotecas de Italia! ¡Qué estafa! El efecto no se hizo esperar, la gente dejó de comprar latas de tomate y éstas bajaron a su precio normal, el periódico se desentendió de la historia del mensaje y para la semana siguiente la portada estaba dedicada a una epidemia de canguros con rabia.

Pero aquí viene lo que dio inicio a mi aventura, un pequeño detalle que yo mismo había pasado por alto. Durante el lavado del pergamino descubrí en un margen inferior del papel una serie de números: 1933.56.6. En un principio pensé que se trataba de una fecha pero unos días después, mientras ordenaba mi oficina, me topé con una ampliación fotográfica de dicho margen, y descubrí que previa a la cifra había una agrupación deslavada de las letras: TN.OV. Leí de nuevo el mensaje, ahora completo:

Le recomiendo visitar la biblioteca romana de esta calle y pedir… TN.OV1933.56.6.

Evidentemente, se refería a la colocación de un libro. La clave alfanumérica TN.OV.1933.56.6 tenía la misma agrupación que se maneja en todas las bibliotecas, en letra la abreviatura de la materia y la subdivisión y, en números, la clave del lote, la colección y el volumen.

La cabeza se me llenó de interrogantes: ¿quién iba a tomarse la molestia de enlatar un papel aconsejando consultar un libro en Roma? ¿Y por qué? Si era un libro, ¿de qué clase de libro se trataba? ¿Acaso era el mensaje secreto de un náufrago? ¿Un libro oculto? ¿Algún documento perdido? Tal vez era la colocación de papiros milenarios que estaban perdidos en la Biblioteca Vaticana y que ahora aclararían algún episodio importante del Viejo Testamento.

Llamé de inmediato al editor para comunicarle mi hallazgo, había que ir a Roma a buscar ese libro y desentrañar las interrogantes.

El editor no se notó muy entusiasmado:

—Ésa es historia pasada, muchacho… La gente ya no quiere saber nada de esa lata.

—Pero esto es importante, usted podría volver a publicar otra nota…

—Imposible, estoy haciendo un reportaje sobre peleas de box entre canguros rabiosos y el espacio está saturado, además no me puedo arriesgar a gastar en noticias viejas, ya bastante ridículo hice con ese asunto; lo siento, chico, si tú puedes y quieres realiza la investigación… Y no se te olvide hablarme si encuentras algo interesante.

Me colgó, yo quedé bastante alterado. Intenté tranquilizarme tomando una buena taza de chocolate con menta (siempre relaja los nervios) y di vueltas en mi cubículo para poner en orden mis pensamientos.

En principio, tenía que reconocer que mis ideas sobre la importancia del mensaje enlatado y su vinculación con el descubrimiento de algo tan trascendente como un papiro milenario o el testamento de Cleopatra eran finalmente eso, puras suposiciones; pues cabía la posibilidad de que la clave alfanumérica significara otra cosa, como el precio de un diccionario escolar, el teléfono de la bibliotecaria, o una broma de un obrero enlatador de puré de tomate, y en ese caso debería de tirar todas las fotografías y olvidarme del asunto para siempre… Y claro, seguir con mi vida cotidiana en el fascinante mundo de las aulas universitarias, limpiando matraces, cocinando sopa de batata y haciendo traducciones de folletos.

Debo confesar que ese futuro no me resultaba demasiado atractivo, aunque era lo único que tenía seguro en el mundo.

¿Qué hacer? ¿Debía abandonar todo por una corazonada? ¿Acaso no es lo que hacían los grandes descubridores? Si quería ser investigador, tenía que comenzar con lo que fuera, un buen expedicionario no se anda con remilgos, ni desprecia ninguna pista por incolora que ésta sea. Pasteur llegó a ser un brillante científico porque no tuvo prejuicios para estudiar la leche agria, y nadie imaginó que de este modo descubriría el fascinante mundo de la cerveza de barril.

Estuve meditando bastante tiempo, y a las dos de la mañana y después de cuatro galones de chocolate con menta, me decidí: haría el viaje sin importar que mis teorías fueran ciertas o no; de todos modos sería más divertido que limpiar pisos y traducir manuales de funcionamiento de cafeteras chinas.

Y realmente fue la mejor decisión, porque de no hacer el viaje me hubiera perdido la aventura más emocionante de mi vida.